Mi camino con los grupos Barat comenzó en 2015 en el colegio de Placeres. Allí descubrí desde dentro lo que significaba acompañar a niños y jóvenes, generar espacios donde sentirse parte de un grupo, crecer juntos y educar desde los valores de Sofía que, inevitablemente, dejan huella.
Con el tiempo, me dieron la oportunidad de asumir la coordinación de Barat en Placeres. Fue una etapa de muchísimo aprendizaje, de contacto directo con los animadores y animadoras y, sobre todo, con los niños y niñas. Sin saberlo entonces, aquel camino me estaba preparando para un reto más ambicioso y personal: asumir años después la coordinación general de los grupos Barat.
Hay recuerdos y pequeños momentos que, sin hacer ruido, terminan convirtiéndose en parte de quienes somos. Para mí, uno de esos recuerdos serán siempre las visitas que hacíamos con los grupos Barat cada Navidad a las religiosas del colegio de Placeres.
Era una de esas tradiciones que, año tras año, esperábamos con una ilusión especial. Entrar en la casa, compartir un rato con las hermanas, escuchar sus historias, sus palabras, su cariño… era mucho más que una visita navideña. Era sentirnos en casa, en familia. Hoy la casa ya no está abierta, y muchas veces al pasar por esa puerta amarilla que lleva a comunidad, aparece inevitablemente una mezcla de nostalgia y gratitud. Nostalgia por una etapa que terminó, por unos pasillos, unas conversaciones y una presencia que marcaron profundamente nuestro camino. Siento gratitud porque hay lugares y personas que, aunque físicamente ya no estén, siguen habitando para siempre la memoria y el corazón.
Estoy segura de que quienes tuvimos la suerte de vivir aquellos encuentros llevaremos siempre un pedacito de las hermanas con nosotros. Porque hay despedidas que nunca son del todo despedidas cuando lo vivido ha dejado tanta huella. Cuando hace siete años comencé esta nueva etapa, entendí que Barat no era solo un proyecto educativo o una propuesta de pastoral extraescolar. Barat era, y sigue siendo, una red de personas, de historias compartidas y de jóvenes que crecen con un estilo de vida marcado por los valores del Sagrado Corazón. Recuerdo una frase de Paqui Rodríguez cuando me propuso coordinar este proyecto: tuve que ponerme unas gafas para ver desde arriba y no solo desde mi colegio.
A día de hoy, Barat une a niños, adolescentes, jóvenes y adultos de nueve colegios de España: Zaragoza, Chamartín, Rosales, Pamplona, Placeres, Granada, Torreblanca, Aljarafe y Fuerteventura. Lugares distintos, realidades muy diferentes, pero una misma manera de educar y acompañar.
En estos años, además, nunca he caminado sola. La coordinación de Barat siempre ha sido una misión compartida. Hemos trabajado siempre en equipos de tres personas, y cuando pienso en este recorrido, aparecen inevitablemente nombres que forman parte de esta historia. Recuerdo con enorme cariño a Paqui Rodríguez, a la que tengo muchísimo que agradecer. A Teresa Sánchez con la que he compartido alguna que otra noche de saco de dormir, algún que otro desvelo y con la que también he celebrado, me he emocionado y tan acompañada me he sentido. Junto a Teresa y Mayte Monreal “sobrevivimos” y mantuvimos vivos a los grupos Barat durante la pandemia y la postpandemia. No me puedo olvidar de Jéssica Ostivar, compañera de batallas, de sofocones y desahogos. Y esta última etapa, junto a Alicia Carro y Antonio Córcoles. Cada etapa ha tenido sus retos, su estilo y su riqueza, pero todas han estado marcadas por la misma convicción: creer profundamente en los jóvenes. Quiero destacar también el trabajo de los coordinadores y profesores Barat.
Ellos, con su generosidad y entrega, mantienen viva la llama Barat en cada colegio. Este último año con Julia, Borja, Maca, Isa, Miryam, María, Paloma, Rodrigo y Pedro. Solo tengo palabras de agradecimento para cada uno de ellos. Y si hay algo que me emociona especialmente, es haber podido vivir este camino también con mis propios alumnos. De manera muy especial, guardo en el corazón a mi tutoría de 2017. Muchos de ellos comenzaron en Barat siendo apenas Chispas, dando sus primeros pasos con la ilusión, la curiosidad y la inocencia de quienes empiezan a descubrir que forman parte de algo importante.
Tuve el privilegio de acompañarlos en su crecimiento, de ver cómo iban madurando, cómo creaban vínculos, cómo aprendían a comprometerse, a cuidar de otros y a encontrar su propio lugar dentro del grupo. Con el paso de los años, aquellos niños fueron creciendo hasta cerrar su etapa convirtiéndose en animadores, devolviendo a otros todo lo que ellos
mismos habían recibido.
Hoy muchos de ellos ya están en la universidad, construyendo sus propios caminos y escribiendo sus propias historias. Y, aunque la vida los lleve por lugares distintos, siguen siendo una parte muy importante de mi camino como educadora. Son de esos alumnos que una sabe que llevará siempre consigo, porque hay relaciones, aprendizajes y vivencias que
el tiempo no borra.
A ellos, como a tantos otros jóvenes que han pasado por Barat, los llevaré siempre en mi corazón, habrá un hueco para todos los Chispas, Llama, Fuego y animadores que he conocido en estos años. Y quizá eso sea, precisamente, lo más bonito de Barat: que no solo acompaña una parte de la vida, sino que deja una huella que uno lleva siempre dentro.




