Rosa Filipina Duchesne

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Rosa Filipina Duchesne

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Para hablar de ella alguien dijo a Sofía en los comienzos de la Sociedad: «Aunque estuviera ella sola y en el extremo del mundo, deberías ir hasta allí para encontrarte con ella». Por eso se decidió a viajar al convento en ruinas de Grenoble donde ella vivía como monja salesa. Sofía se preguntaba qué hacer allí cuando Rosa Filipina llegó corriendo hacia ella, se echó por tierra besándole los pies y repitiendo una frase del profeta Isaías: «¡Dichosos en la montaña los pies que anuncian la paz!»… Aquel primer encuentro fue el comienzo de una amistad que iba a durar la vida entera. El deseo ardiente de Rosa Filipina era anunciar el Evangelio en algún país donde no conocieran a Jesucristo: «Aunque no sea capaz de hacer algo útil allí, con mis deseos y mi oración prestaré algún servicio a Nuestro Señor y Él será mi única riqueza».

Por fin se realizó su sueño, que era también el de Sofía aunque ella sabía que nunca podría seguirla. Llegó a América donde la esperaba una vida durísima y al fin consiguió irse a vivir en medio de los indios potowatomies: había alcanzado la meta de su viaje. En la familia del Sagrado Corazón su memoria sigue siendo una invitación a ensanchar nuestra mirada hasta los confines del mundo. A pesar de sus fracasos y sin jamás pretenderlo, consiguió que su nombre permanezca en nuestro recuerdo como una de las pioneras de la evangelización de América.

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Sus orígenes

Nace el 29 de agosto de 1769 en Grenoble, Francia. Fue bautizada en la iglesia de San Luis y recibe su nombre de San Felipe apóstol y el de Santa Rosa de Lima. Educada en el Convento de la Visitación de Ste. Marie-d’en-Haut y atraída por la vida contemplativa, entró en ese monasterio a los 18 años.

Durante la Revolución Francesa las Visitandinas son expulsadas de Francia en 1791 siendo obligadas a dispersarse y a cerrar el convento, motivo por el cual Rosa Filipina regresa a vivir con su familia. En este tiempo el Sr. Duchesne se dedica a cuidar a los presos y a todos los que sufrían.

Después del Concordato de 1801 Rosa Filipina intenta reconstruir el monasterio de Ste. Marie junto con sus compañeras, pero fracasan.

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Religiosa del Sagrado Corazón

En 1804 escucha hablar sobre una nueva congregación, la Sociedad del Sagrado Corazón, fundada porMagdalena Sofía Barat; conoce al Padre Varin y ofrece su casa y su comunidad a la Madre Barat, pidiendo ser admitida en ella.

Magdalena Sofía visita Ste. Marie en 1804 y recibe a Rosa Filipina y sus compañeras como novicias en la Sociedad. El 21 de noviembre de 1805 la Madre Duchesne y sus compañeras hacen su profesión, cuando ella tenía la edad de 26 años.

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Primera Misionera de las Religiosas del Sagrado Corazón

Desde 1805, Rosa Filipina sintió la llamada misionera. En una carta a Santa Magdalena Sofía, describe la gracia que recibió durante una noche de oración ante el Santísimo Sacramento, el Jueves Santo del 3 al 4 de abril de 1806. Esta notable carta manifiesta su capacidad para dar a su oración una dimensión universal que no era habitual en la espiritualidad del siglo XIX.

«Toda la noche he estado en el nuevo continente; pero he viajado en buena compañía. Primero había recogido con reverencia en el huerto, en el pretorio, en el calvario, toda la sangre de Jesús, me había apoderado de Él en el Santísimo Sacramento, lo estrechaba con fuerza y llevaba por todas partes mi tesoro para derramarlo sin temor de agotarlo. San Francisco Javier trataba también de hacer fructificar esta preciosa semilla y estaba a los pies del trono de Dios para pedir que se abriesen nuevas tierras para iluminarlas. San Francisco guiaba a las viajeras y muchos otros santos, llenos de celo por la gloria de Dios; en fin todo iba lo mejor posible; no tuvo cabida en mi corazón tristeza alguna, incluso santa, porque me parecía que se iba a hacer una aplicación nueva de los méritos de Jesús».

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Vida en Lousiana

En 1818 el Obispo del territorio de Louisiana buscaba una congregación de religiosas que le ayudara a evangelizar a los niños franceses e indios de su diócesis, motivo por el cual Rosa Filipina sale con cuatro compañeras hacia los Estados Unidos, en respuesta a la llamada deMons. Dubourg. Allí funda la primera casa de la Sociedad en el Nuevo Mundo en una cabaña de madera en Saint Charles, cerca de Saint Louis, Mississippi.

A pesar de que nunca llegó a aprender bien el inglés, en 1820 , abrió la primera escuela gratuita al oeste del Mississippi y en 1828 , ya había fundado seis casas. Estas escuelas eran para las jóvenes de Missouri y Louisiana a quienes amó y trabajó para ellas, manteniendo siempre en el fondo de su corazón el anhelo de ir a los indios americanos. En 1840, dimitió como superiora para poderse dedicar, a la edad de 71 años, a los indios, abriendo una escuela en Sugar Creek, Kansas. Aunque muchos pensaban que Rosa Filipina estaba demasiado enferma para ir. El jesuita que dirigía la misión insistió: «Tiene que venir. Quizás no podrá hacer mucho trabajo, pero con su oración alcanzará el éxito de la misión y su presencia atraerá muchos favores del cielo para la obra». Estuvo sólo un año entre los Potowatomies, pero su valor pionero no flaqueó y sus largas horas de contemplación inspiraron a que los indios la llamaran ‘La mujer que siempre reza’.

Su salud empeoró y le obligó a abandonar esta obra tan amada. Falleció en Saint Charles, a la edad de 83 años, el 18 de noviembre de 1852, habiendo dedicado treinta y cuatro años de su vida a ampliar la obra de la Sociedad como comunidad internacional.

Los biógrafos de Rosa Filipina Duchesne han acentuado su valor en situaciones de pionera, su fidelidad a una única idea, sueño de su vida: servir a los indios, su aceptación de sí misma, y su actitud contemplativa.

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Contemplativa y apostólica

La vida contemplativa alimentó en Rosa Filipina el deseo de ir a las misiones, a pesar de los sacrificios que tenía que hacer: una madre, hermanas, parientes, su montaña.

Sin embargo, tuvo que esperar otros 12 años para ver su sueño hecho realidad.

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Canonización

Beatificada el 12 de mayo de 1940, fue canonizada por el Papa Juan Pablo II en Roma el 3 de julio de 1988. Se celebra su fiesta el 18 de noviembre.

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