Soy Alejandra, nacida en Bolivia, radico en España desde hace 12 años. Soy médico del deporte de profesión, y apasionada por la espiritualidad del Corazón de Jesús.
Mt 14, 22-33
Enseguida mandó a los discípulos embarcarse y pasar antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después de despedirla, subió él solo a la montaña a orar.
Al anochecer, todavía estaba allí, solo. La barca estaba ya a buena distancia de la costa, batida por las olas, porque tenía viento contrario.
Ya muy entrada la noche Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago. Al verlo caminar sobre el lago, los discípulos comenzaron a temblar y dijeron:
—¡Es un fantasma!
Y gritaban de miedo.
Pero [Jesús] les dijo:
—¡Animaos! Soy yo, no temáis.
Pedro le contestó:
—Señor, si eres tú, mándame ir por el agua hasta ti.
—Ven, le dijo.
Pedro saltó de la barca y comenzó a caminar por el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir el [fuerte] viento, tuvo miedo, entonces empezó a hundirse y gritó:
—¡Señor, sálvame!
Al punto Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo:
—¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?
Cuando subieron a la barca, el viento amainó. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
—Ciertamente eres Hijo de Dios.

¡Apa! –como se saluda por aquí en el País Vasco–. Soy Alejandra, religiosa del Sagrado Corazón. Soy boliviana, vivo en Bilbao desde hace unos años y me encanta nadar. Práctico este deporte desde que tengo uso de razón y en la piscina me siento como «pez en el agua». Pero admito que en el mar la historia cambia. Me impone mucho respeto por su inmensidad, su profundidad, su fuerza y por lo pequeña que me hace sentir.
Este relato del evangelio de Mateo me ha conectado con mi propia experiencia del mar y me ha ayudado a comprender mejor la situación de los discípulos. El texto narra que estaban temblando de miedo ante el oleaje que batía su barca. Al estar ya lejos de la costa, el sentimiento de soledad y de indefensión se vuelve extremo: es una auténtica situación de vida o muerte.
No hace falta estar en medio del mar a oscuras para experimentar esto. La vida nos sitúa a menudo ante encrucijadas muy complejas: la enfermedad, una pérdida inesperada, la crisis de un hijo… Te invito a conectar con tu propia situación ahora mismo. La sensación final no cambia: soledad, desamparo, impotencia y desesperación. Es el sentimiento de que la vida misma se nos escapa, igual que les pasaba a los discípulos.
En este contexto se nos revela algo fundamental: Jesús se hace presente de manera muy especial en las situaciones de mayor sufrimiento. Él se acerca a nosotros, incluso rompiendo lógicas humanas —como caminar sobre las aguas— y nos alerta de aquello que nos impide avanzar y reconocerlo: el miedo.
En medio de nuestras «noches de mar agitado» también podemos experimentar miedo. Cuando dejamos que este acampe a sus anchas, nos paraliza, nos bloquea y distorsiona la realidad. Nos impide escuchar la voz suave, casi susurrante, de Jesús que nos dice: «¡Ánimo!, no tengas miedo. ¿Por qué dudas? Yo estoy contigo, te extenderé mi mano y no te hundirás».
Reconociendo nuestra fragilidad, como Pedro, y conscientes de que solos no podemos hacer nada, no tengamos miedo de gritarle a Jesús en la sinceridad de nuestro corazón: «¡Señor, sálvame!», y dejemos que su voz y su mano nos sostengan.



