Evangelio 26 de julio con comentario de Alicja Banach rscj

Jul 23, 2026

RSCJ

El reinado de Dios se parece a un tesoro escondido en un campo: lo descubre un hombre, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, vende todas sus posesiones para comprar aquel campo. 
 
  El reinado de Dios se parece a un mercader en busca de perlas finas: al descubrir una de gran valor, va, vende todas sus posesiones y la compra. 
 
  El reinado de Dios se parece a una red echada al mar, que atrapa peces de toda especie. Cuando se llena, los pescadores la sacan a la orilla, y sentándose, reúnen los buenos en cestas y los que no valen los tiran. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. 
 
  ¿Lo habéis entendido todo? 
   Le responden que sí, y él les dijo: 
   —Pues bien, un letrado que se ha hecho discípulo del reinado de Dios se parece a un amo de casa que saca de su alacena cosas nuevas y viejas. 

Oración preparatoria: Pide al Señor Dios que todos tus pensamientos, intenciones, acciones y sentimientos se dirijan exclusivamente hacia la gloria de su Corazón. 

Imagina que buscas un tesoro 

Pide la gracia para afrontar las experiencias de la vida, tanto las pequeñas como las grandes, de manera que puedas crecer en sabiduría y amor. 

El creyente vive guiado por valores que considera fundamentales a la hora de tomar decisiones: Dios, la familia, el amor, la verdad, la libertad, la justicia, la paz… ¿Conozco mi propia jerarquía de valores? ¿Cómo ha cambiado con el paso de los años? ¿Qué lugar ocupa cada uno de ellos? Al observar mi conducta y mis decisiones, ¿qué veo?, ¿a qué valor doy la máxima prioridad? ¿Tengo la valentía de detenerme y reconocer que ciertas decisiones revelan una discrepancia entre los valores que profeso y aquellos que realmente encarno? Los valores no existen en las nubes, flotando sobre nuestras cabezas; más bien, nos invitan a hacerlos realidad y a reflexionar sobre ellos en nuestro interior: solo así adquieren sustancia y peso. Como una perla en el fondo del océano o un tesoro oculto en las entrañas de la tierra, los descubrimos —especialmente bajo la presión que ejercen sobre nuestro corazón las situaciones de la vida, los encuentros y las conclusiones que extraemos de ellos. 

Los acontecimientos ponen a prueba y dinamizan nuestra jerarquía de valores; algunos de ellos nos impulsan a consagrar toda nuestra vida a un valor concreto, llevándonos a descubrir lo más profundo de nuestra alma —así como la verdad sobre nosotros mismos y sobre Dios—, aquello a lo que deseamos permanecer fieles. El fuego de la fidelidad a los valores transforma nuestro interior. Vale la pena contemplar el «fuego» de la vida cotidiana, pues a través de las pequeñas cosas, Dios obra pacientemente en nosotros y por nosotros, ayudándonos a superar las ilusiones y las meras declaraciones teóricas, para vivir cada vez más cerca de ese núcleo de valores que nos ayuda a responder a las preguntas: «¿Quién soy? ¿A quién y a qué dedico mi vida?». Dios es fiel a nosotros en primer lugar; por eso desea que también nosotros vivamos en la verdad.

Con el paso del tiempo y las decisiones que tomamos —en medio de la avalancha de preguntas, dilemas, crisis e intentos de hallar respuestas— nos convertimos gradualmente en administradores de las vidas que Dios ha confiado a cada uno de nosotros con absoluta confianza y amor. Llegamos a conocer el «terreno» de nuestro propio ser: su longitud, su anchura y su profundidad. Él nos concede el tesoro de la vida, esperando que, con el tiempo, lleguemos a ser como «el dueño de una casa que saca de su despensa lo nuevo y lo viejo»: dispuestos a compartir nuestras experiencias con humildad y a apoyar a nuestros hermanos que también luchan, buscando la perla del propósito y el tesoro del sentido en sus propias vidas. 

Finalmente, confía a Dios todo lo que surja en tu corazón; habla con Él sobre lo que esta Palabra ha despertado en ti y hacia dónde te ha invitado. 

Padre Nuestro… 

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