Mt 13, 44-52
El reinado de Dios se parece a un tesoro escondido en un campo: lo descubre un hombre, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, vende todas sus posesiones para comprar aquel campo.
El reinado de Dios se parece a un mercader en busca de perlas finas: al descubrir una de gran valor, va, vende todas sus posesiones y la compra.
El reinado de Dios se parece a una red echada al mar, que atrapa peces de toda especie. Cuando se llena, los pescadores la sacan a la orilla, y sentándose, reúnen los buenos en cestas y los que no valen los tiran. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Lo habéis entendido todo?
Le responden que sí, y él les dijo:
—Pues bien, un letrado que se ha hecho discípulo del reinado de Dios se parece a un amo de casa que saca de su alacena cosas nuevas y viejas.

Oración preparatoria: Pide al Señor Dios que todos tus pensamientos, intenciones, acciones y sentimientos se dirijan exclusivamente hacia la gloria de su Corazón.
1. La perla y el tesoro
Imagina que buscas un tesoro
Pide la gracia para afrontar las experiencias de la vida, tanto las pequeñas como las grandes, de manera que puedas crecer en sabiduría y amor.
El creyente vive guiado por valores que considera fundamentales a la hora de tomar decisiones: Dios, la familia, el amor, la verdad, la libertad, la justicia, la paz… ¿Conozco mi propia jerarquía de valores? ¿Cómo ha cambiado con el paso de los años? ¿Qué lugar ocupa cada uno de ellos? Al observar mi conducta y mis decisiones, ¿qué veo?, ¿a qué valor doy la máxima prioridad? ¿Tengo la valentía de detenerme y reconocer que ciertas decisiones revelan una discrepancia entre los valores que profeso y aquellos que realmente encarno? Los valores no existen en las nubes, flotando sobre nuestras cabezas; más bien, nos invitan a hacerlos realidad y a reflexionar sobre ellos en nuestro interior: solo así adquieren sustancia y peso. Como una perla en el fondo del océano o un tesoro oculto en las entrañas de la tierra, los descubrimos —especialmente bajo la presión que ejercen sobre nuestro corazón las situaciones de la vida, los encuentros y las conclusiones que extraemos de ellos.
2. El fuego de la fidelidad
Los acontecimientos ponen a prueba y dinamizan nuestra jerarquía de valores; algunos de ellos nos impulsan a consagrar toda nuestra vida a un valor concreto, llevándonos a descubrir lo más profundo de nuestra alma —así como la verdad sobre nosotros mismos y sobre Dios—, aquello a lo que deseamos permanecer fieles. El fuego de la fidelidad a los valores transforma nuestro interior. Vale la pena contemplar el «fuego» de la vida cotidiana, pues a través de las pequeñas cosas, Dios obra pacientemente en nosotros y por nosotros, ayudándonos a superar las ilusiones y las meras declaraciones teóricas, para vivir cada vez más cerca de ese núcleo de valores que nos ayuda a responder a las preguntas: «¿Quién soy? ¿A quién y a qué dedico mi vida?». Dios es fiel a nosotros en primer lugar; por eso desea que también nosotros vivamos en la verdad.
3. Sé el custodio de esta confianza
Con el paso del tiempo y las decisiones que tomamos —en medio de la avalancha de preguntas, dilemas, crisis e intentos de hallar respuestas— nos convertimos gradualmente en administradores de las vidas que Dios ha confiado a cada uno de nosotros con absoluta confianza y amor. Llegamos a conocer el «terreno» de nuestro propio ser: su longitud, su anchura y su profundidad. Él nos concede el tesoro de la vida, esperando que, con el tiempo, lleguemos a ser como «el dueño de una casa que saca de su despensa lo nuevo y lo viejo»: dispuestos a compartir nuestras experiencias con humildad y a apoyar a nuestros hermanos que también luchan, buscando la perla del propósito y el tesoro del sentido en sus propias vidas.
Finalmente, confía a Dios todo lo que surja en tu corazón; habla con Él sobre lo que esta Palabra ha despertado en ti y hacia dónde te ha invitado.
Padre Nuestro…



