Mi relación con el Sagrado Corazón no ha sido solo una etapa de mi vida sino un hilo continuo que ha ido tejiendo mi historia personal y profesional a lo largo de los años.
Entré en el Sagrat Cor-Diputació en 1965 con 4 años. De esos primeros años tengo vagos recuerdos y algunos seguro que los he adquirido a través de las fotografías de la época, pero sí que tengo bonitos recuerdos de algunas personas en concreto como Luisa Le Senne (en aquel momento madre Le Senne) porque desprendía cariño y nos transmitía mucha serenidad, también buenos recuerdos de la madre Giró que con mucha paciencia nos daba clases de francés y de todas las “señoritas” que nos cuidaron tanto en el jardín de infancia. Época de madres y sores, de la Cueva de la Virgen en el patio, del mes de María, revisiones médicas, el panecillo de la merienda en grandes cestas de mimbre, ensaimada el día de la fundadora, de guantes blancos para recoger las notas, de bandas honoríficas, coca de sobrasada (cuya receta conservo para el disfrute de mi marido), uniforme de verano y uniforme de invierno, confeccionados por la modista Visitación que tenía el taller de costura delante del colegio, de los días de asueto que podíamos ir vestidas de “calle”… todos ellos recuerdos entrañables. El 25 de mayo pasó a ser un día importante en mi calendario, el día de Santa Magdalena Sofía Barat. Ella ha sido la gran artífice de la Sociedad del Sagrado Corazón. De sus enseñanzas bebemos todas e impregnadas de su carisma intentamos que sea siempre el referente de nuestras actuaciones.

En esos primeros años era muy poco consciente de la gran influencia que el colegio tendría en mi vida. Pero ese entorno de aprendizaje, de socialización y de formación pronto se convirtió en algo más profundo.
La etapa de la adolescencia fue un momento muy bonito, años de crecimiento, formación, adquisición de valores, fortalecimiento de las amistades, en definitiva, la construcción de la persona en la que me he convertido. Yo era una alumna muy pesada porque no callaba ni un segundo, reía todo el rato e iba de graciosilla. Pasé buena parte de las horas escolares fuera de la clase, pupitre incluido. Valoro y agradezco muchísimo la paciencia que siempre tuvieron conmigo, tanto las religiosas como las profesoras.
Las religiosas que estaban en el colegio en aquellos momentos eran de una categoría fuera de lo común, de unos valores cristianos profundos, muy cercanas, sabias y coherentes: María Antonia Salvador, Mariado Gorriz, Tere Iribarren, Marta Jiménez. Fue un verdadero privilegio poder crecer y formarme al lado de estas religiosas que crearon en el colegio un ambiente de familia del Sagrado Corazón del que todas nos sentíamos parte. Recuerdo con mucho cariño las muchas veces que íbamos al piso de la comunidad de Bailén donde charlábamos sobre cualquier tema que, en aquel entorno, se convertía en el tema más importante y generaba una profunda complicidad entre las religiosas y nosotras. Nos formaron en un cristianismo muy humano, cercano, de compromiso. Nos dieron un espíritu crítico, poco habitual en los colegios religiosos de la época. Integraron a todo el profesorado en el proyecto del Sagrado Corazón configurando un claustro cohesionado, implicado en la Misión. Eran los tiempos de la implantación de todos los cambios que había comportado el Concilio Vaticano II. Momentos de modernización y de una situación política complicada. Las religiosas tuvieron la habilidad de encontrar el equilibrio, nada fácil, entre “lo nuevo y lo viejo”. Las alumnas valorábamos mucho la conexión entre las religiosas y todo el profesorado y la generosidad de las religiosas compartiendo los cargos de responsabilidad con los seglares.
Escribiendo estas palabras vuelvo a revalorizar la educación integral privilegiada que tuvimos. También, esta educación cristiana se complementaba con los ejercicios espirituales voluntarios, algún fin de semana en la casa de El Brull. Aquellos momentos inolvidables en los que, profundizando en la oración, la convivencia, compartiendo vivencias y sentimientos, íbamos creciendo y formando nuestro carácter y personalidad.
La vida me regaló uno de los encuentros más decisivos e importantes de mi vida, en COU conocí a Andreu, que con el tiempo sería mi marido y padre de mis dos hijas María y Anna. Este vínculo dio al colegio un significado todavía más especial. Mis hijas y, ahora mis nietos también son alumnos del Sagrado Corazón.
Después de 5 años de carrera, regresé al colegio como profesora. Había vuelto a casa. Primero en el horario nocturno, donde la directora, Maite Fernández de Castro, supo crear un equipo docente cohesionado e implicado que no hacía más que continuar lo que yo había vivido como alumna. Después pasé al horario diurno. Ser profesora en “mi colegio” ha sido una experiencia profundamente enriquecedora, cada clase que impartía era una forma de devolver todo lo que yo había recibido del colegio. Compartí años en el claustro, con profesoras que había tenido cuando era alumna. Fueron mis referentes y las recuerdo con un cariño y un agradecimiento profundo y muy especial. Así como recuerdo a aquellas amigas que, lamentablemente, nos dejaron demasiado pronto y a las que me unía una especial amistad y complicidad.
Mi compromiso con el colegio fue creciendo, llegando a la dirección general del centro. En el momento que Margarita Bofarull me planteó la posibilidad de ocupar este cargo de máxima responsabilidad no podía más que agradecer la confianza que las religiosas y parte del profesorado habían puesto en mí. Era la culminación de mi paso por el colegio. No me podía creer este reconocimiento. Fue uno de los mayores honores de mi vida profesional. Asumí la responsabilidad con respeto, ilusión y un fuerte sentido de responsabilidad, consciente del valor y la trayectoria de la Sociedad del Sagrado Corazón. Seguro que influyó un poco el hecho de tener una visión global del colegio gracias al haber pasado tantas horas castigada fuera de la clase… Desde esta responsabilidad, tuve la oportunidad de contribuir no solo a la formación académica sino también al proyecto educativo y humano de toda la comunidad educativa.
El carisma del Sagrado Corazón fue mi guía en la toma de decisiones en la dirección general del colegio.
Tengo mucho que agradecer al equipo del ECOR que nos formó y cohesionó a todos los directores de los colegios de la provincia Norte, nos acompañó, orientó, respaldó y nos dio Seguridad. Compartimos Misión y Visión. Un recuerdo muy especial para … Consuelo, Chuli, Marta Jiménez y Montse Riu, religiosas en las que encontré un apoyo y unas guías excepcionales. También agradecer todo el apoyo e implicación de Dolores Moreno, directora del ECOR, compañera de colegio desde los inicios y en la actualidad gran amiga.
También al equipo directivo del que tanto aprendí y del que tanto apoyo recibí. Estaba formado por personas de una categoría profesional y moral excepcional: Eli Casulleras, Anna Espadaler, Teresa Gomà, Sheila Hernández, Pili Lobo, Carmen San Román, Ferran Torelló y Ana Ros. Con esta última, administradora del colegio, aprendí muchísimo de la vertiente menos académica del colegio y comprobé que los valores profundos del Sagrado corazón son la mejor referencia en todas las tomas de decisiones.
Este curso, finalmente, ha llegado el momento de cerrar este largo ciclo con mi jubilación. No ha sido una despedida cualquiera porque no dejo solo mi lugar de trabajo sino una comunidad que ha sido parte de mi vida en todas sus etapas. El colegio ha sido y sigue siendo un hogar en el que he aprendido, amado, enseñado y liderado.
Gracias por creer en mí, por brindarme la oportunidad de crecer y por permitirme formar parte, de una manera tan significativa, de esta comunidad educativa que siempre llevaré en el corazón.
No puede ser un adiós sino un hasta siempre familia del Sagrado Corazón.



