Pasión por nuestras raíces
En este tiempo de grandes desafíos en el campo de la educación, es esencial conectar con nuestras raíces, para poder dar las respuestas adecuadas. El legado educativo que nos dejó en herencia Sofía Barat, iniciado en Amiens en 1801, tiene una vitalidad capaz de alimentar la tarea educativa y seguir iluminando a los educadores en el momento que vivimos. Esta es la fuente de su inspiración, la coherencia de su proyecto pedagógico, y su capacidad dinámica y relacional.
La fuente de su inspiración
Sofia Barat es elegida inesperadamente por Dios para dar fundamento y extensión a una familia religiosa con un proyecto educativo valioso y netamente apostólico, que compromete el propósito y la entrega personal de cada educador.
La intuición original de Sofía
Fue un don recibido en su juventud que ella misma no pudo calibrar en toda su importancia. El tiempo ha permitido contemplar la fuerza cualitativa, generadora y expansiva de la obra de Sofía.
“He aquí la idea primordial de nuestra pequeña Sociedad… reunirme con algunas jóvenes para establecer una pequeña comunidad ¡Si tuviésemos jóvenes alumnas que pudiéramos formar en el espíritu de adoración y de reparación! Y yo veía centenares de miles de adoradoras ante una custodia ideal universal elevada por encima de la Iglesia.” Confidencia a la M. Pauline Perdrau. “Les loisirs de l’abbaye p.442.
La adoración
Adorar a Dios es lo contrario de la idolatría, la tentación de hacerse un Dios a la medida, que no puede llevar a la felicidad, y abandonar el culto al Dios verdadero. Yendo más allá de la comprensión habitual de la Adoración Eucarística, la adoración es un acto humano fundamental. Es la entrega rendida de una persona, que se da desde lo más íntimo del ser, a alguien a quien admira y en quien reconoce una excelencia. En la óptica cristiana, la adoración es la entrega rendida a Dios, reconocido en su bondad y amor infinitos. Solo Él puede ser adorado plenamente y a Él se puede entregar la propia vida con incuestionable confianza, para que disponga de la dirección y el proyecto de la propia existencia. Ese sentido de adoración se trasluce en Magdalena Sofía, si horadamos la barrera del lenguaje de su tiempo. Lo manifiesta en la expresión total de su vida. Su intención educativa no pretendía formar a jóvenes que dedicaran el tiempo de su vida al acto de adoración ante la Eucaristía, sino que pretendía formar en ellas el talante y la personalidad de los “verdaderos adoradores que adoran al Padre en espíritu y verdad” (Jn. 4,). Adorar a Dios es la actividad más noble, elevada e importante, que el ser humano puede realizar. La verdadera adoración para ella es una comunión íntima y durable. Constituye un estilo de vida. El adorador no se queda nada para sí mismo, sino que se entrega sin reservas a Dios, en la certeza de que “el que pierde (entrega) su vida, la ganará” (Mt. 16,25). Será una vida plenamente lograda y brotará sin duda de ello, una vida dedicada a los demás. La adoración verdadera lleva necesariamente a compartir y dar testimonio de lo que Dios ha hecho en nosotros y de lo que puede hacer también, si lo acogen, en los corazones de los demás.
La reparación
Este concepto, en su tiempo, proviene de la experiencia de Paray Le Monial. Sofía conoce bien esas palabras que dirige en Corazón de Jesús a Margarita María: “Mira este corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha perdonado nada hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y en retorno no recibe de la mayor parte de ellos sino ingratitudes”. En la mentalidad de su tiempo, se respondía a esta llamada privilegiando una dimensión psicológica: reparar las heridas del pecado que alcanzan el Corazón de Jesús. Finalidad unida a la idea de consolación. En la intención educativa de Sofía hallamos una comprensión más honda: se busca la transformación de las personas y la regeneración de la sociedad de su tiempo. Sofía sabe que esta empresa solo puede ser fecundamente operada por el Espíritu Santo. Solo será posible si nace en la solidaridad que brota de la verdadera adoración. Es un fruto que arraiga en el cristiano urgido por amor a unirse a Cristo y colaborar con Él en su obra restauradora de la dignidad humana. El impulso generoso que invita al creyente a colaborar en la instauración del Reinado de Dios, no en una dimensión puramente devocional y psicológica, sino poniendo al servicio del Reino los dones, instrumentos, energías humanas que puedan colaborar al logro de la verdadera transformación. Solo así surgirá la fraternidad nueva, prometida en la Escritura a toda la humanidad. Sofía vive en esta dinámica personalmente y quiere alumnas capaces de generar la fe en su entorno y transformar su ambiente a partir de la irradiación de la autenticidad humana y cristiana de su vida. Un acento más: Si reparar es solidarizarse con Jesús, el creyente descubrirá y se unirá con gozo a Él en su amor e inclinación a los más pobres y pecadores.
Sofía eligió preferentemente como destinatarios primeros de la educación a los miembros de la élite de la Sociedad, muy dañados por la revolución francesa y en la creencia firme de su tiempo, de que eran el camino idóneo para reconstruir la sociedad, dada su capacidad de influencia. Pero su afección por los pobres, como los preferidos por Jesús, “daría mi piel por ayudarles” (1863), le llevó a crear escuelas para las hijas de los pobres. También, respondiendo a muchos desastres vividos en distintos países, creó numerosos orfelinatos. Fueron respuestas adecuadas a su tiempo, que hoy nos han llevado a nuevas respuestas que prevén y exigen una justicia restaurativa. Acento importante. Podríamos decir que, educar, en todos los tiempos, entraña un compromiso de justicia que restaure el equilibrio de la fraternidad e igualdad esencial en la humanidad.
La educación: coherencia de su proyecto pedagógico
El anclaje en la tierra de este doble impulso creador cristalizó en la apasionante tarea de la educación, como el medio más adecuado para comunicar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, convencida, como estaba, de su fuerza renovadora. La educación es un proceso profundo y lento capaz de alcanzar a la persona en su dimensión total y trascendente. Quería sembrar en los corazones de las jóvenes una fe sólida y estable. Comunicar, por ósmosis y contagio, un amor personal a Jesucristo, vivido de corazón a corazón, que estableciera una estrecha amistad con Jesús, Camino, Verdad y Vida. Era consciente de la fuerza viva y el impulso generativo de este amor. Tenía una visión muy clara de la persona a la hora de educar, definida en sus escritos así: “Verán en ellas (las jóvenes) almas hijas de Dios, redimidas con la sangre de Jesucristo, destinadas a reinar eternamente con Él. Mirándolas como el depósito más precioso que el amor de Jesucristo pueda confiarles…” Así invita Sofía a considerar a los alumnos y alumnas en un colegio del Sagrado Corazón. No todos ellos serán creyentes, pero su condición verdadera es ser hijos de Dios. A la sabiduría y autenticidad del educador se confía el modo de comunicarlo. Un proyecto educativo, para ser generador de vida, requiere anclarse firmemente en la verdad. Somos hijos de Dios. Se nos ha otorgado en la Pascua de Jesús el inmenso don de haber sido liberados de las ataduras del mal a un precio inverosímil de amor: la entrega y la sangre de Jesús, el Hijo de Dios. Y estamos destinados a un final prometido feliz y perdurable: participar con Él mismo del reinado del amor. Este proyecto requería, para hacerse vida, algunas condiciones.
Una sólida formación en la fe
Sofía insiste repetidas veces en la formación religiosa: “Una piedad sólida, iluminada por la fe, dulce y amable.” Ve el mundo como lugar en el que estarán inmersas las alumnas, y en su futuro, el horizonte del ejercicio de su fe y compromiso. No quiere una piedad meramente devocional. Tampoco las quería ajenas a las condiciones normales de sus contemporáneos. “formar jóvenes, llamadas, en su mayoría a vivir en un mundo al que deben edificar sin herirlo, y por lo mismo, han de conocer y seguir sus usos, en todo lo que no se opone a las reglas del Evangelio”. Const.1815, 176. Su pasión era formar personas de gran solidez, con verdadera piedad, sí, fruto del anclaje en la fe y comprometidas con la misión asignada por Dios en medio del mundo. Así podrían contribuir a restaurar el proyecto inicial de Dios, adheridas a la misión redentora de Jesucristo. “Que se extienda, por medio de las alumnas el Reino del Corazón de Jesús… Que aprovechen su educación y que lleguen un día a ser auténticamente cristianas e incluso apóstoles en medio del mundo”. SMS Plan Estudios, 1852
Una excelencia en la formación humana: la instrucción, un medio para la educación
La instrucción es para ella, medio eficaz y esencial en la educación, con una condición doble: Ofrecer una enseñanza religiosa fuerte y profunda, y desarrollar la inteligencia y personalidad con el estudio serio de las ciencias profanas y aun artísticas. “Hacen falta estudios fuertes, según el espíritu de nuestro plan, para la educación de nuestra juventud”, dirá la M. Mabel Digby, Superiora General, en enero de 1898. Desde el inicio, los contenidos educativos sobrepasaban con mucho, los niveles de programas femeninos de la época y proponían una estructura educativa que los adaptaba a la capacidad y evolución propia de cada edad: educar a las jóvenes en su libertad y formar su espíritu, su juicio y su corazón según sus posibilidades. Siempre en el horizonte el desarrollo de la persona en su integralidad, en la certeza de que, la naturaleza de cada uno, desplegada y abierta al crecimiento, es el lugar apto para el don de la gracia que completa la existencia.
Instrumentos privilegiados: La importancia del educador. Algunas constantes pedagógicas
La calidad del educador es clave en el proyecto. Señalamos algunas pinceladas esenciales en el pensamiento de Sofía.
La comprensión de su tarea. El educador (maestra de clase en Sofía) ha de estar convencido de que su tarea, es una vocación recibida gratuitamente, dirigida al bien de la comunidad eclesial y humana. Ha de cultivar su propia fe e interioridad. Es misión que Dios le ha confiado: ser educador más que profesor.
La seriedad de su competencia y preparación: Se pide de él un constante esfuerzo de actualización, preparación y recreación, para adaptar las novedades de su materia y sus procedimientos a la situación de los alumnos. Y para ser capaz de estimular la creatividad de niños y jóvenes.
La autenticidad de su persona y la calidad de su relación. El educador no transmite sino lo que él es. La calidad de su relación es el vehículo principal de la educación. La consideración y el trato recibido, quedarán impresos en el alma de todos los alumnos. Le es indispensable la sinceridad personal y relacional.
Algunas líneas pedagógicas: El alumno es el centro. Mirarlo y escucharlo es tarea imprescindible. Facilitar al alumno el adherirse libremente a la propuesta educadora a través de la amenidad de la enseñanza y la dulzura y amabilidad en el trato. Sin acogida libre no habrá crecimiento. El cultivo de la interioridad, que abre el espíritu a la acogida de Dios. La importancia del orden mantenido y de la coherencia en el proceso educativo, para el crecimiento armónico del alumno. La conjunción del verdadero arte entre la firmeza y la delicadeza de la relación. “Actuar con mansedumbre no es incompatible con la firmeza. Mantener con decisión lo que toca al deber, y hacerlo con calma y bondad en las formas. Es una mano de madera de cedro, cubierta de terciopelo”. A la Madre Adelaïde de Rozeville en Besançon Paris, 12 diciembre 1827.
El secreto de la relación educadora: atraer, contagiar, comunicar: La importancia de la relación y de la comunicación en cuanto capacidad para provocar el encuentro entre los seres humanos. Solo el encuentro abre el corazón y esa apertura provoca el crecimiento. Sofía daba importancia también al exterior. En él debería mostrarse el fruto de esta educación: un saberse presentar y entrar en relación, sin arrogancia, con naturalidad, trato exquisito y afable sencillez. A eso llamaba Sofía el barniz necesario a la obra de arte de la educación.
Educar en un contexto. El interior: la comunidad educativa y el ambiente colegial. El exterior: la atención al entorno sociocultural
La educación se vive siempre dentro de un contexto. El contexto interior es el ambiente de conjunto que sostiene toda la comunidad educativa. En el proyecto de Sofía adquiere una gran importancia la interrelación de los educadores y la comunión de todos, en un único proyecto sostenido desde el distinto ámbito de colaboración. El contexto exterior histórico y sociocultura: Sofía siempre muy atenta a las condiciones y cambios de las circunstancias históricas y educativas, a la implantación en diferentes países, y a la idiosincrasia de alumnos y familias. Alentó a mantener con firmeza la inspiración y lo esencial del proyecto y a adaptar con flexibilidad las realizaciones pedagógicas. Afirmó muchas veces abriendo el horizonte al futuro: “Los tiempos cambian y nosotras hemos de cambiar”.




