«La familia crece» por Javier Casulleras

Ago 3, 2026

Santa Magdalena Sofía
Fundadora del Sagrado Corazón
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Reflexión del día

Siempre escuché que los colegios del Sagrado Corazón formaban una familia. En mis años como alumno seguramente no le daba mucha importancia, sonaba casi como una frase más, sin llegar a comprender del todo su alcance. Fue mucho después, con el paso del tiempo y ya desde el otro lado, cuando empecé a entender que no era solo una forma de hablar. 

Mi historia en el Sagrado Corazón comenzó en Barcelona, en el Colegio de Diputació, durante los 80. Allí, casi sin darme cuenta, rodeado de buenos amigos y compañeros, fui recibiendo algo que iba mucho más allá de los contenidos: una forma de entender el mundo, unos valores, una luz interior que apenas intuíamos pero que con el tiempo cobraría todo su sentido. Crecimiento personal y crecimiento moral de la mano de grandes educadoras como Tere Iribarren, Amelia Valiente, Mercè Mas, Montse Riu y tantas otras. 

La vida me llevó a buscar un futuro fuera de mi ciudad y junto con mi equipaje físico, también me acompañaba algo mucho más importante: formación personal, fortaleza interior, y un carácter propio con el que entender la vida. 

Nuevo destino: Zaragoza. Nuevo trabajo: educador. Nuevo colegio: el Sagrado Corazón de Zaragoza… ¿Nuevo? Empecé a darme cuenta que no; el Destino me devolvía a los orígenes, en otra ciudad, pero en mi misma casa. Allí me recibió con los brazos abiertos Pilar Liria, otro claro ejemplo de la pedagogía del Sagrado Corazón en estado puro; ella fue la pieza clave para que sintiera esa transición como un regreso al hogar. 

Veintiocho años después, como educador en el Colegio Sagrado Corazón Pirineos, de Zaragoza, descubro con frecuencia que esa herencia que para mí empezó en las aulas de Diputació, que muchas de esas formas que yo vi en quienes me educaron, siguen vivas en mí: en gestos cotidianos, en la importancia que doy a determinadas cosas, en la transmisión de los valores que yo recibí. Siempre han estado ahí. Y siempre me acompañarán. 

Por eso, la incorporación de nuestro Colegio a la Fundación Educativa Sofía Barat no se siente como un comienzo desde cero, sino más bien como el reconocimiento de algo que ya existía: una pertenencia compartida, una forma común de entender la educación; una familia que hoy, sencillamente, crece un poco más. Y me atrevo a decir que este es el sentir de todo el Claustro de mi Colegio: compromiso, educación, fe y vida. Siempre hemos compartido una misma raíz y una misma forma de educar que trasciende lugares y generaciones. El legado, en definitiva, de Magdalena Sofía. 

Y por delante, retos, deseos y confianza. En primer lugar, el futuro: nuevas generaciones, nuevos retos y nuevas personas a las que formar en un mundo cambiante y sin norte. En segundo lugar, el deseo de que esta misión siga viva en quienes hoy se preparan para educar mañana, una tarea que va más allá de enseñar contenidos y que implica acompañar a la persona en todas sus dimensiones, también en su interioridad y en su fe, y que se renueva en cada etapa educativa. Y, por último, la confianza de que nuestra FESB seguirá creciendo, liderando y manteniendo vivo el espíritu educativo, el compromiso social y la educación en la fe, con firmeza, como un faro en la costa, como Magdalena Sofía en su convulsa época. 

A la entrada de mi Colegio en Zaragoza, unos azulejos recuerdan cada día una frase sencilla y profundamente significativa: “Los colegios del Sagrado Corazón forman una gran familia”. Con la confianza de que nuestros alumnos llegarán a comprender el verdadero significado y la fuerza que encierra ese lema —como en su día me pasó a mí y quizás a tantos otros educadores del Sagrado Corazón — seguimos educando convencidos de que no es solo una frase en la pared, sino una manera de estar en el mundo, una experiencia que se descubre con el tiempo; es la construcción de un corazón más grande para que sus latidos se sientan profundamente en nuestra sociedad. Y, desde este curso, con más fuerza aún. 

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