Me siento afortunada de pertenecer al colegio Sagrado Corazón de Granada desde hace más de veinte años como “seño” de Infantil y madre de alumnas
Mt 13, 24-30
Les contó otra parábola:
—El reinado de Dios es como un hombre que sembró semilla buena en su campo. Pero, mientras la gente dormía, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo, y se marchó. Cuando el tallo brotó y empezó a granar, se descubrió la cizaña.
Fueron entonces los siervos y le dijeron al amo: Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿De dónde le viene la cizaña? Les contestó: Un enemigo lo ha hecho.
Le dijeron los siervos: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Les contestó: No; que, al arrancarla, vais a sacar con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña, atadla en gavillas y echadla al fuego; luego recoged el trigo y guardadlo en mi granero.

La parábola del trigo y la cizaña rompe con nuestra tendencia a querer que todo sea perfecto y a buscar soluciones inmediatas. Los criados, al descubrir la cizaña, quieren arrancarla enseguida. Les parece lo más lógico. Sin embargo, el dueño del campo responde con una sorprendente paciencia: «Dejad que crezcan juntos hasta la siega».
Jesús nos enseña que la vida no es un campo perfecto. Vivimos en una cultura de la inmediatez. Queremos resolver los problemas con rapidez, emitir juicios inmediatos y clasificar a las personas entre «buenos» y «malos». Las redes sociales son un claro ejemplo: una frase, un error o una opinión bastan para condenar a alguien sin conocer toda su historia. Sin embargo, Jesús nos invita a una mirada distinta desde la paciencia, la misericordia y la esperanza.
El dueño del campo no ignora la existencia de la cizaña. Sabe perfectamente que está ahí, pero también sabe que arrancarla antes de tiempo puede destruir el trigo. Es una llamada a no precipitarnos en nuestros juicios. Solo Dios conoce el corazón de cada persona, sus luchas, sus heridas y el camino que todavía puede recorrer.
Esta parábola también nos invita a mirar hacia dentro. Es fácil identificar la cizaña en los demás, pero mucho más difícil reconocer la que crece en nosotros: el orgullo, la impaciencia, la envidia, el resentimiento o la falta de perdón. La buena noticia es que Dios no se cansa de cuidar el trigo que hay en cada uno. Confía en que, con su gracia, el bien pueda crecer y dar fruto.
Este evangelio nos anima a sembrar siempre el bien, aunque a nuestro alrededor parezca crecer la cizaña. Una palabra amable, un gesto de servicio, un trabajo bien hecho o una ayuda desinteresada nunca son inútiles. El bien suele crecer despacio y en silencio, pero termina dando fruto. En lugar de gastar nuestras fuerzas señalando los defectos de los demás, estamos llamados a cultivar aquello que hace crecer el Reino de Dios: el amor, la paciencia, la verdad y la misericordia.
Esta mirada confiada ilumina las palabras de santa Magdalena Sofía Barat: “Dejémonos conducir por Él hasta donde quiera llevarnos”. Dejarnos conducir es renunciar al querer tenerlo todo resuelto para abrirnos a la acción paciente de Dios, que trabaja silenciosamente en la historia y en cada una de nosotras. “Jesús obra en la debilidad” haciendo de nuestra fragilidad un lugar de encuentro y de transformación.
Pidamos al Señor un corazón paciente, capaz de confiar en los tiempos de Dios y de sembrar el bien incluso cuando los resultados no sean inmediatos.



