Este año he vivido la Pascua en la comunidad de Rosa y Montse en Oujda, que es donde ellas tienen su casa y reciben a tanta gente que va haciendo la ruta para cruzar el Sáhara.
Cuando recibí la invitación, pensé que Rosa y Montse nos darían una serie de indicaciones antes de acercarnos su realidad, pero no hubo nada de eso, simplemente
nos abrían las puertas para compartir su vida durante unos días. Esa apertura y esa confianza tan honestas por su parte y tan poco merecidas por la mía (porque acababan de conocerme) me hizo pensar en la alegría de quien encuentra un tesoro y corre a compartirlo con otros.
La alegría que hemos vivido estos días ha tenido mucho de tristeza. Tristeza por los ratos para contemplar la cruz de Cristo y nuestro propio dolor en ella; tristeza por el dolor a veces tan evidente de toda la gente que va llegando a Oujda sola, herida y desesperanzada. Rosa y Montse nos advirtieron desde el principio: la vida está en juego. Y es a través de ese juego, de los ratos de oración, y de convivencia como pudimos conectar con esa humanidad desnuda y darnos la mano para que, cuando nos tocase volver a tocar nuestro dolor, lo hiciéramos más acompañados y con el corazón más consolado.

Han sido unos días en los que también he sentido culpa por la respuesta que damos como sociedad a la herida de la migración y porque, en lo personal, yo ya sabía lo que ocurría y, aun así, van pasando los años y sigo sin dar una respuesta clara. Luego, la culpa se fue transformando en responsabilidad y en ganas de hacer algo nuevo con mi vida,
pero también en miedo por si finalmente me arrastran la rutina y la comodidad. En el avión de vuelta me preguntaba cómo quiero vivir y si puedo considerarme una persona libre cuando una alegría tan honda como la que he sentido estos días está casi siempre enterrada por la búsqueda constante de lo que creo que son la felicidad y el bienestar.
Estos días ya en Madrid trabajando, haciendo la comida, yendo al gimnasio y quedando con amigos, he tenido ratos de desánimo al ver cómo mi realidad se impone, pero lo que he vivido en Oujda sigue presente y me invita a confiar más en mi amor y menos en mis fuerzas. Vuelvo al Evangelio y todo me parece más fácil cuando veo la forma en que vivió
Jesús y creo que de verdad resucitó. En los próximos meses tengo la misión de ponerme en camino de nuevas formas, y aunque no las tengo todas conmigo, tengo grabado el recordatorio que Rosa y Montse tenían preparados para nosotros: el amor siempre gana.



