Jn 1, 1-14

Al principio ya existía la Palabra 
   y la Palabra se dirigía a Dios, 
   y la Palabra era Dios. 
  Ésta al principio se dirigía a Dios. 
  Todo existió por medio de ella, 
   y sin ella nada existió de cuanto existe. 
 
  En ella había vida, 
   y la vida era la luz de los hombres; 
  la luz brilló en las tinieblas, 
   y las tinieblas no la comprendieron. 
 
  Hubo un hombre enviado por Dios, llamado Juan, que vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de él. 
 
  No era él la luz, sino un testigo de la luz. 
  La luz verdadera que ilumina a todo hombre 
   estaba viniendo al mundo. 
  En el mundo estaba, el mundo existió por ella, 
   y el mundo no la reconoció. 
  Vino a los suyos, 
   y los suyos 
   no la acogieron. 
 
  Pero a los que la acogieron, 
   a los que creen en ella, 
   los hizo capaces de ser hijos de Dios: 
  quienes no han nacido de la sangre 
   ni del deseo de la carne, 
   ni del deseo del varón, sino de Dios. 
  La Palabra se hizo hombre 
   y acampó entre nosotros. 
  Y nosotros contemplamos su gloria, 
   gloria como de Hijo único del Padre, 
   lleno de lealtad y fidelidad. 

Evangelio 4 de enero con comentario de Dolores Aleixandre rscj