Director General del Sagrat Cor Sarrià de Barcelona. Maestro y Licenciado en Filología Hispánica. En Sarrià desde 1988. Su labor docente, dejando al margen la acción tutorial, siempre ha girado, sobre todo, en torno al ámbito de la lengua y de la literatura castellana.
Mt 21, 33-43
Escuchad otra parábola: Un hacendado plantó una viña, la rodeó con una tapia, cavó un lagar y construyó una torre; después la arrendó a unos viñadores y se marchó. Cuando llegó la vendimia, mandó a sus criados para recoger de los viñadores el fruto que le correspondía. Pero los viñadores agarraron a los criados y a uno lo golpearon, a otro lo mataron, y al tercero lo apedrearon.
Después envió otros criados, más numerosos que los primeros, y los trataron de igual modo.
Finalmente les envió a su hijo, pensando que respetarían a su hijo. Pero los viñadores, al ver al hijo, comentaron: Es el heredero. Lo matamos y nos quedamos con la herencia. Agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿cómo tratará a aquellos viñadores?
Le respondieron:
—Acabará con aquellos malvados y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen su fruto a su debido tiempo.
Jesús les dijo:
—¿No habéis leído nunca en la Escritura:
La piedra
que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular;
es el Señor quien lo ha hecho
y nos parece un milagro?
Por eso os digo que a vosotros os quitarán el reino de Dios y se lo darán a un pueblo que produzca sus frutos.

El Evangelio de este domingo siempre me ha parecido una parábola dura. Pero, si la miramos con amplitud de miras y vamos profundizando y desentrañando la literalidad textual, tal vez podamos descubrir que, detrás de toda esa dureza, hay una historia de amor y de confianza.
El propietario planta una viña, la cerca, prepara el lagar, construye una torre y la entrega a unos viñadores en arriendo. No les da un terreno abandonado, les confía algo pensado y cuidado con esmero. Y les da las herramientas para producir y guardar el fruto. Después se marcha. No se queda vigilando. Deja actuar en libertad.
Aquí está la primera clave: la viña es un don confiado.
La alegoría es bien conocida: la viña representa al pueblo de Dios; los criados son los profetas que Dios va enviando; el hijo es Jesús, el Hijo amado, rechazado y llevado fuera de la viña para morir. Y la parábola alcanza su culminación cuando Jesús recuerda aquella piedra que los constructores desecharon y que termina convirtiéndose en piedra angular.
Por lo tanto, no se trata de una historia sobre un propietario enfadado con sus trabajadores. Es, sobre todo, la historia de un Dios que confía, un Dios que espera, que envía, porfía y persiste en su acción.
Y aquí entramos nosotros. Porque Jesús consigue que, al menos en cierta medida, nos veamos en el espejo reflejados como viñadores.
Aterricemos el evangelio a nuestra jornada.
¿Qué ocurre si confundimos responsabilidad con propiedad?
Los viñadores reciben la viña para cuidarla, pero poco a poco empiezan a comportarse como si fuera suya, pasan de gestionar la viña a adueñarse de ella. Y quizá esa sea una de las tentaciones más humanas: olvidar que aquello que tenemos entre manos (una responsabilidad, un cargo, un proyecto, una institución, incluso nuestra propia vida) es, en buena medida, algo que hemos recibido.
Y esto nos interpela especialmente a quienes nos dedicamos al noble oficio de la educación. Y mucho más si ejercemos un cargo de autoridad.
¿Somos dueños y señores del colegio o servidores de una misión?
¿Somos luz y reflejo del proyecto o hemos deslumbrado el proyecto con «nuestros» focos?
¿Las decisiones que tomamos buscan dejar nuestra huella o hacer crecer el proyecto que hemos recibido?
Y, sobre todo, ¿qué frutos está produciendo nuestra manera de gestionar la viña de la educación?
Porque Dios no pide una viña llena de hojarasca. Dios quiere fruto.
He aquí una palabra que no deberíamos olvidar en educación: fruto.
¿Qué queda en nuestros alumnos después de pasar por nuestras aulas? ¿Saben más? Sí. Pero ¿son también más libres, más críticos, más compasivos, más capaces de ponerse en el lugar del otro, más abiertos a la trascendencia, más dispuestos a servir? ¿Les estamos ayudando a descubrir quiénes son y por qué y para qué pueden poner su vida al servicio de los demás? Fruto. Porque misión sin fruto, no es misión.
En un colegio del Sagrado Corazón estas preguntas adquieren todavía más transcendencia. No educamos solo para obtener buenos resultados; educamos para formar personas. Personas capaces de vivir desde dentro, de pensar con libertad, de amar con profundidad y de comprometerse con el mundo que les ha tocado vivir. También esto forma parte del fruto. Como decía Baltasar Gracián, de nada sirve que el conocimiento avance, si el corazón se queda. No hay fruto completo sin corazón.
Y hay una última cuestión que me parece preciosa en esta parábola. A pesar de todo, el propietario no abandona la viña, sino que sigue confiando. Insiste. Envía de nuevo. Y finalmente envía a su propio Hijo.
La historia parece conducir al fracaso, pero Jesús introduce entonces la imagen de la piedra rechazada que se convierte en piedra angular. El rechazo no tiene la última palabra. La última palabra la tiene el abrazo de un Dios que cree en nosotros.
También nosotros podemos encontrarnos con alumnos que tardan en dar fruto, con proyectos que se tuercen, con personas que nos desconciertan, con esfuerzos cuyos resultados no vemos. ¿Creemos en ellos? Insistamos y tengamos fe en su potencialidad de llegar a dar fruto… ¡Y en el propietario de la viña!
Porque, al final, cuando Dios vuelva a mirar nuestra viña, ¿qué encontrará?



