La vida de Ousman Oumar hace tiempo que se nos ha hecho familiar, quizás porque su historia es tan excepcional que conmueve desde su primer minuto de vida. Como nos conmoverían la mayoría de las vidas de las personas que llegan de lejos buscando progresar, una vida mejor, un futuro que su contexto les niega.
Después de fundar la ONG “NASCO Feeding Minds”, que se marca como objetivo alimentar las mentes en Ghana, su país, para crear aulas informáticas en las escuelas rurales y aportar soluciones al problema de la inmigración desde el país de origen, y después de escribir un primer libro donde relata su propia experiencia… Ousman remueve las nuestras con una película sobre su libro: «Viaje al país de los blancos».
La historia se inicia ese martes en que nació, mientras su madre moría en el parto. Algo que en su cultura señala al bebé con una maldición fatal, que en su caso no se cumplió. A partir de ahí, la decisión de dejar su casa y de ir al país de los blancos, las trágicas dificultades de un viaje que duró cinco años, la llegada a Barcelona con sólo diecisiete años y un largo camino de sufrimiento, y los obstáculos que continúan y le abrumaron… hasta el punto de sentir que su esfuerzo era en vano, que su dolor era invisible.

El resto, con giro de guion incluido, muchos ya lo conocemos porque se nos ha contado muchas veces. Un golpe de suerte, o la providencia, le conceden otra oportunidad (y ya van unas cuantas…) que sabrá aprovechar, ¡y de qué manera! Su vida toca conciencias y espolea a ayudar a quien lo necesita: en primer lugar en los países carentes de futuro, y en segundo lugar, a las personas de buena fe que tenemos cerca, que vemos y que dejamos de lado…. con sus historias de superación que si las conociéramos, seguramente nos helarían el corazón.
La película que narra todas estas vicisitudes en su debut como director de Dani Sancho y el resultado es más que aceptable. Una película bien narrada y ágil, que nos cuenta la historia generando un profundo vínculo, con unos actores que la hacen creíble (incluido Ousman de adulto, claro) y con una Emma Vilarasau que aporta la mirada comprometida que quizás todos deberíamos tener. Unos ojos que no se apartan sino que miran fijamente y descubren en el otro el sufrimiento acumulado, el horizonte vital y el deseo de sentido. El suyo, el de ella, el de todos.
Antes de que llegue a las plataformas, vale la pena verla en el cine, sin distracciones, sin interrupciones. Dejarse tocar, dejarse conmover y salir más generosos, más empáticos, más humanos.



