Vivo en Torreblanca (Sevilla) y tengo mi corazón marcado por la presencia del pueblo haitiano, fuerte y sufriente, con quien sufrí y fui feliz durante 20 años.
Jn 14, 1-12
Si me conocierais a mí, conoceríais también al Padre. Ahora lo conocéis y lo habéis visto.
Le dice Felipe:
—Señor, enséñanos al Padre y nos basta.
Le responde Jesús:
—Tanto tiempo llevo con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre: ¿cómo pides que te enseñe al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo no las digo por mi cuenta; el Padre que está en mí realiza sus propias obras.
Creedme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no, creed por las mismas obras. Os lo aseguro: quien cree en mí hará las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo voy al Padre; No os turbéis. Creed en Dios y creed en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no, os lo habría dicho, pues voy a prepararos un puesto.
Cuando vaya y os lo tenga preparado, volveré para llevaros conmigo, para que estéis donde yo estoy. Ya sabéis el camino para ir adonde [yo] voy.
Le dice Tomás:
—Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino?
Le dice Jesús:
—Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie va al Padre si no es por mí.
Sin hacer mucho esfuerzo, me imagino a Jesús diciendo esto a un grupo de vecinos en la plaza del Platanero en mi barrio de Torreblanca. Las caras de los oyentes son de no entender ni palabra y alguno de ellos, da un codazo al de al lado preguntando: “¿De qué va este?”
Pues va de algo muy sencillo. Va de un Hijo que se parece tanto a su Padre, que, si los viésemos a los dos juntos, no sabríamos distinguirlos. Son como dos gotas de agua que se funden en una sola. Comparten los mismos pensamientos, los mismos sentimientos, las mismas preferencias y son Amor que se derrama en forma de comprensión, acogida, perdón y misericordia sin límites. Como nos costaba realmente conocer al Padre, el Hijo se metió en nuestros zapatos y compartió nuestra vida dejándose el corazón entre los niños que bendecía, los enfermos que se le acercaban, las mujeres que iban por agua al pozo, las que amasaban el pan o se sentaban a sus pies para escucharle. Así nos iba enseñando el rostro de su Padre y la forma en que vivir vale la pena.
También va de la casa de la familia donde viven el Padre y el Hijo. Sí, una casa con una mesa redonda muy grande donde los que fueron últimos ahora son primeros y donde todos estamos invitados. Curiosamente es el Hijo, Jesús, el que sirve.
Mis vecinos de Torreblanca ya van entendiendo. De todas formas, tienen la misma pregunta que Tomás: “Pero, ¿dónde está el camino para ir a esa casa?”
A Jesús le encanta que le hagamos preguntas como esta, para poder darnos la respuesta: “El camino es fácil. Soy yo mismo. Dame la mano y si te dejas conducir entrarás en la Casa desde ahora. Sí, desde ahora…no como recompensa cuando te mueras, sino desde ahora, porque es ahora cuando te encontrarás conmigo cuando escuches a los demás, cuando ames a tu mujer como a ti mismo o más, cuando perdones, cuando acaricies a tu hijo, cuando ayudes a tu marido a comprender que las mujeres necesitan ser reconocidas y respetadas, cuando defiendas al débil, cuando acojas al emigrante, cuando ames, cuando ames, cuando ames…”
En la plaza del Platanero se hizo silencio, ese silencio tranquilo de cuando algo va entrando despacito en las entrañas. Ese silencio que se produce en el interior de los limpios de corazón que, aún sin saberlo, están viendo a Dios.


