Mt 5, 20-37 (20-22a; 27-28.33; 33-34a.37)
Porque os digo que, si vuestra justicia no supera a la de los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de Dios.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás; el homicida responderá ante el tribunal. Pues yo os digo que todo el que se deje llevar por la cólera contra su hermano responderá ante el tribunal. Quien llame a su hermano inútil responderá ante el Consejo.
Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio.
Pues yo os digo que quien mira a una mujer deseándola ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: No perjurarás y cumplirás tus juramentos al Señor.
Pues yo os digo que no juréis en absoluto. Que vuestra palabra sea sí, sí; no, no. Lo que pase de ahí procede del Maligno.

Moratalla y Mula son dos pueblos de la región de Murcia en los que se realiza una tamborrada espectacular en Semana Santa (hay otros en España que también lo hacen).
Yo nunca he estado, pero debe ser impresionante y ensordecedor.
Este texto resuena como una tamborrada en un día cualquiera como el de hoy. Tanta tecnología, tanta inmediatez, tantas imágenes y noticias. Tanta gente que sufre y malvive para que, no tanta gente, vivamos confortablemente. Tantos pueblos, tantas etnias, tantos grupos religiosos, perseguidos, asesinados, expulsados de sus tierras. Tanto mensaje explícito o implícito que defiende el yoísmo sin importar las consecuencias. Tantos autodenominados buenos cristianos que se desmienten a sí mismos con sus actos. Tantos vídeos de gatitos que nos nublan la vista… Tan, Tan, Tan…
Lo que hace sobrecogedor este tiempo en el que vivimos, es que no podemos alegar ignorancia, estamos tan informados y tan rápido… o a tan solo un click!
Tanta barbarie, tanta falta de humanidad, de amor, sinceridad y responsabilidad, nos pueden hacer sentir insignificantes, nos sobrepasa, nos encogemos de miedo y nos volvemos invisibles, así que cerramos los ojos y nos tapamos los oídos.
Quiero abrir mis ojos y destapar mis oídos, quiero sentirme molesta por el tronar de la injusticia.
Quiero dejar de pensar que mis pequeñas acciones son inútiles.
Quiero seguir siendo yo, ofreciendo mi corazón al mundo sin dejar que este me aplaste bajo tanta falta de humanidad.
Quiero tocar mi pequeño y viejo tambor.
Y doy gracias por las personas que no se cansan y siguen plantando cara y siendo ejemplo, incluso en pequeñas acciones o gestos.
Doy gracias porque se me ha invitado a leer este texto del Evangelio, y me he sentido muy incómoda.



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