Soy profesora de ESO en el colegio Santa Magdalena Sofía de Zaragoza, miembro de la gran familia de la Fundación Educativa Sofía Barat.
Mt. 5, 13-16
Vosotros sois la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá su sabor? Sólo sirve para tirarla y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad construida sobre un monte.
No se enciende un candil para taparlo con un celemín, sino que se pone en el candelero para que alumbre a todos en la casa.
Brille igualmente vuestra luz ante los hombres, de modo que, al ver vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre del cielo.

Estas palabras de Jesús se encuadran en el sermón del monte. Tras el discurso de las bienaventuranzas, explica cómo debe de ser la posición de sus discípulos en el mundo. Es decir, de qué modo debe de ser su presencia en él. Y las metáforas que usa para ello son, para mí, tremendamente ricas y expresivas: sal y luz.
La primera de ellas, la sal, es lo que da sabor. Apenas se ve, se disuelve y -sin embargo- se aprecia. La segunda, la luz, ilumina la oscuridad y señala su salida, muestra lo que está oculto.
De esta forma los seguidores de Jesús estamos llamados a iluminar y dar sabor a la vida… ¿Cómo? Viviendo desde el amor Su amor en nuestras relaciones con los demás, en todos los ámbitos de la vida: familia, trabajo, amigos… El no perder la esperanza, el seguir confiando en el futuro, el no dejarse llevar por la tentación de la indiferencia y el miedo… Es la “marca” de los cristianos, a quienes corresponde compartirla con los que no los son para que también puedan glorificar al Padre del cielo.
Este ser luz y sal, me remite a dos momentos fundamentales de mi vida: cuando comencé a dar clases (una persona me invitó a ejercer esta tarea creando esperanza en mis alumnos y es algo que constantemente me cuestiono) y cuando me casé, puesto que fue el texto evangélico que se leyó en la celebración.
Seamos creadores de esperanza. Jesús nos acompaña



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