Sofía no quiso ser un modelo de vida para nosotras, pero sí invitó a sus hijas a la santidad. Ella la deseaba también para su vida, y constataba muchas veces no haber llegado a ella. Son numerosos los textos en los que se refiere a la santidad. Propondremos algunos de sus pensamientos.
La santidad de nuestra vocación. Lo que Sofía señala en primer lugar es la santidad de la llamada que el Señor ha hecho a cada una.
«Reconozcamos la santidad de nuestra vocación» A Louise de Quatrebarbes. Paris, 17 marzo, 1859.
Vivirla con hondura es camino para la santificación.
Una santidad misionera Cuando invita a la santidad lo hace con la mirada puesta en los frutos de la misión apostólica. De ella depende que podamos tocar el corazón de aquellos que nos son confiados: No busca la santidad como un adorno personal, sino como una condición que le permite a Dios hacer fructificar el trabajo apostólico de aquellas personas que viven unidas íntimamente a Él.

“Te digo una palabra para inculcarte más profundamente que fijes tu mirada en la salvación de las alumnas que te rodean y a las que debes consagrar tu cuidado: Necesitas alcanzar un grado elevado de santidad para poderlas convencer, persuadir, vincularlas al Señor; jamás las palabras ni los medios humanos atraerán esos corazones fríos para las cosas de Dios, porque solo se aman a sí mismas. El ejemplo no es suficiente sin el ascendente que brota de la unión con el Corazón de Jesús.” A Thérèse Gilbert. Besançon, 30 julio 1843
«Estoy persuadida de que no haremos ningún bien aquí en Roma, sino por la santidad de vida. Los otros medios tendrán poco éxito y no podremos superar los obstáculos que encuentra la Sociedad sino por medio de virtudes sólidas y profundas.» A Adèle Lehon. Rome, Sta Rufine. La Trinidad, 31 marzo, 1838
En qué consiste para ella la santidad
Con su íntima amiga Filipina expresa sentimientos de cómo vive su propio camino:
«Fidelidad a la gracia, atención a aprovechar todo, para morir a sí misma y vencerse. ¡Este es el camino más seguro que conduce a la santidad!» A Filipina Duchesne en Grenoble. Niort, 23 diciembre, 1811
Y a otra de sus amigas Matide Garabis le dice en 1858:
“La Cruz arrastra consigo frutos preciosos. No temas el sufrimiento. ¡Es la palanca para la santidad!”
«Sí. El abandono absoluto de sí misma al beneplácito de Dios, y el dejarte en las manos de tus superioras, es el camino más seguro de la santidad. Es un método que te pone al abrigo de toda ilusión y que te establece en la paz. Pon tu agrado en lo que la Providencia disponga de ti. No tengas más que un solo deseo: amar a Jesús, y darlo a conocer y amar a todos aquellos que tengan relaciones contigo» A la Mère Thérèse Gilbert. Roma, 6 enero, 1842
“Me he alegrado sobre todo de esta tendencia a la simplicidad que te conviene: mirada sencilla a Dios, dependencia de los movimientos de su Espíritu en la medida en que Él te lo haga descubrir; tranquilidad cuando faltes. Así te fortalecerás en un abandono en Dios y en la dependencia continua de su divino Espíritu. No hay que buscar más lejos la fuente verdadera de la santidad. Así es como va obrando la gracia, sin brillo; apenas se percibe. Solo Dios es testigo y esto basta.” A Marie Prevost. Paris, 3 noviembre, 1823
La santidad no es cuestión de obras grandiosas:
“¿Qué responder a tus gigantescas ideas de santidad? Necesitaría todo un volumen; de viva voz trataré contigo de esta ilusión si es que aún te obsesiona.” A Aimeé d’Avenas. Roma, 12 febrero, 1840
Ni se trata de cambiar el carácter ni el temperamento «Los santos conservan su temperamento, pero lo santifican y se sirven de él para practicar la virtud. Este carácter vivo y sensible fue para esta joven hermana la fuente de su santificación» A Alexandrine de Rozeville en Besançon. Roma, 23 noviembre, 1839
Se trata de algo más sencillo: “entregarse enteramente y sin reserva al divino Corazón de Jesús”. A Lucía de Kersalaün, 1855, pero que no puede adquirirse sin lucha: “La santidad no puede adquirirse sin combate. Entonces la gracia fluye con abundancia en la persona que se rinde dócil y flexiblemente a su inspiración divina”. A Julie Baillet. París, 30 agosto, 1864.
Y supone en muchos momentos la cruz:
«Cuántas almas han encontrado la santidad siempre por medio de la Cruz. No nos quejemos, es un favor del Corazón Sagrado de Jesús»: à la Mère Eulalie de Bouchaud. A Roma, 2 diciembre, 1841
«No estás sola sobre la Cruz. Pide al Divino Corazón que yo la ame y que haga de ella mi brújula y mi apoyo. ¡No perdamos de vista que la salvación y la santidad nos han sido adquiridas por este precioso Madero!» A Juliette Desoudin en Metz. Paris, 31 mayo, 1859
Sofía insiste a menudo en sus cartas y en las Conferencias a las religiosas, sobre las palabras de Jesús en la Cena: “por ellos me santifico”. En ellas encuentra el incentivo para querer abrazar el camino de la santidad. No busca un esfuerzo de perfección personal que pueda complacer el propio ego, sino permitir a la liberalidad de Dios actuar libremente con su instrumento.
Terminemos con esta invitación de Sofía:
«Que no pase un solo día sin que hagamos algún progreso en la santidad. Démonos prisa, que nos acercamos a la noche eterna que se transformará en el más hermoso día» A Alexandrine de Rozeville à Amiens (la Neuville). Paris 25, septiembre, 1848



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