Un día entré en una droguería para comprar pintura. Yo quería pintar, solo, con mis manos, la puerta de la Iglesia de mi pueblo. El caso es que entré en la tienda, pidiéndole ai señor que había detrás del mostrador, dos potes de pintura, uno de disolvente y dos pinceles.
Cuando iba a terminar de hacer el albarán, me preguntó:
- ¿Alguna cosa más?
- Sí, póngame también un pote de ganas de pintar.
El, sorprendido de mi espontaneidad, me dijo:
- ¿Pero, qué está diciendo ahora?
- Sí, hombre, que me ponga dos litros de ganas de pintar ahora mismo.
El se rió sonoramente:
- ¿Qué se cree usted, que soy Dios?
Al salir de la tienda, yo pensaba que aquel buen hombre me acababa de decir una cosa fantástica. Me había dicho que el pote de ganas de pintar lo tenía que pedir sólo a Dios. Lo demás estaba en mis manos, pero las ganas de pintar, aun reconociendo que era yo quien las podía sentir, me las tenia que dar Dios. Pensé que entre Dios y yo mismo, los dos, somos capaces de crear la ilusión de pintar puertas y ventanas, de llenar el mundo de colores, de alegrar rostros humanos, de encontrar a los problemas grises y descoloridos, respuestas llenas.