Acababa de leer un libro maravilloso sobre la oración.
El libro presenta la intimidad con Dios, de más de diez santos. Santos contemplativos.
Me había quedado como sorprendido, como algo anonadado ante mi pobre impotencia, para la intimidad de los santos con Dios. Lo acabé de leer en el tren camino de Madrid.
Y fui a cenar a un restaurante sencillo con la mujer enferma que me acompañaba.
En una mesa cercana cenaba una familia, un matrimonio joven y un niño que ya correteaba entre las mesas, gracioso, rubio, sonriente para todos.
La mujer que cenaba conmigo miraba embobada al niño, que le recordaba los siete que ella ha tenido y ahora( ya mayores, no se acuerdan de ella.
Yo miraba al niño, aprendiendo de él mi vida de oración. Porque el niño estuvo siempre pendiente de sus padres y sus padres pendientes de él en todo momento; porque el niño estaba confiado del todo en sus padres y sus padres no le perdían de vista, aunque le dejasen corretear por ahí.
Dios, Padre y Madre, me deja corretear también por la vida independiente en todo, dejando que use del mundo como si fuera mío.
Si se alejaba, la madre le llamaba con su diminutivo: Andresín.
Si me alejo de Dios, me llama y me espera.
En una de ésas, el niño se fue hacia la puerta de salida... Y la madre le llamó y el niño no hacía caso.,.
Y el padre se levantó, le cogió en brazos y le dio una zurra simbólica, que no debió dolerle ni al pantalón.
El niño lloró y la madre le acogió en su regazo. Y siguió lloriqueando para que su madre le acariciara con más ternura.
Pensé las veces en que también me alejo de mi Dios.
Pensé en cómo Dios viene siempre a buscarme y siempre me espera y siempre me acoge en su regazo de perdón y de olvido.
Dios me mima y me colma de ternuras.
¿Qué más puede darme Dios que no me lo haya dado ya?
E imaginé que Dios también me sonríe, como el padre sonreía al niño, ya sonriente en el regazo de su madre.
Luegot la madre colocó al niño en su silla, le puso algo en el plato y el niño, mirando a sus padres, fue comiendo tranquilamente.
Me vi junto a mi Dios, el Dios que todos podemos llamar «mío», gozando de su festín.
El mundo es obra suya para mí. La infinita variedad de seres y de ríos y de montes y de mundos es para mí.
Sé que Dios me ama. Sé que Dios me quiere feliz. Sé que Dios está siempre a mi lado, conmigo, aunque yo intente alejarme.
Cuando se marchó el matrimonio con el niño, la mujer me preguntó qué me pasaba, por-que había pasado la cena casi en silencio.
No supe qué contestarle.
Ya en la cama me acordé de los místicos del libro y de las teorías sobre la contemplación. Me dormí sintiéndome niño.
Niño de Dios.
Y no soñé.., Pero sé que Dios me sonreía toda la noche. Y sé que Dios está y estará siempre conmigo, aunque yo me vaya a la puerta, para escaparme de Él.
No. No soy un místico, pero sé que soy un hijo querido de Dios
Germà Adríà rscj