"El hijo mayor de la parábola es un personaje caracterizado negativamente: "El
hijo mayor estaba en el campo. Cuando vino y se acercó a la casa, al oír la
música y los cantos, llamó a uno de los criados y le preguntó qué era lo que
pasaba. El criado le dijo: «Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el
ternero cebado, porque lo ha recobrado sano». El se enfadó y no quena entrar.
Su padre salió a persuadirlo, pero el hijo le contestó: «Hace ya muchos años
que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste un cabrito
para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero llega ese hijo tuyo, que se ha
gastado tu patrimonio con prostitutas, y le matas el ternero cebado». Pero el
padre le respondió: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba
muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». (Lc
15,25-32)
Este personaje no se siente "hijo" sino un "siervo" que ejecuta órdenes y
tampoco se siente "hermano": por eso le llama despectivamente: "Ese hijo
tuyo..." Y, sin embargo, es él quien va a escuchar de boca de su padre la
noticia más asombrosa: "Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es
tuyo..." (Lc 15,31).
En la aparente sencillez de esas dos frases se encierra lo más profundo y
verdadero de una relación: estar siempre con otro y participar de todo lo suyo:
proximidad, intimidad y cercanía reforzadas por la rotundidad del "todo" y del"siempre".
"Yo estaré contigo", escuchó Moisés cuando preguntaba a Dios: ¿Quién soy yo
para ir al faraón...? (Ex 3,11) Lo habían escuchado Jacob (Gn 28,15) y Jeremías
(Jr 1,8) como única garantía ante sus temores. "Tú estás siempre conmigo",
proclamaba confiado el orante del Salmo 73, 25 y cuando dice que para él "lo
bueno es estar junto a Dios"(v.28), está haciendo la confesión más solemne de
la fe del AT: "lo bueno" todo lo que existe en el mundo de deseable y de
atractivo, consiste en la cercanía de Dios y en una relación de comunión con Él
que se fundamenta en la fidelidad de su amor.
Jesús ora al Padre diciéndole: "Todo lo tuyo es mío y lo mío tuyo" (Jn 17,10)
y es a esa relación a la que también estamos invitados todos nosotros,
llamados, según nos recuerda Pablo, "a la comunión de vida con el Hijo" (1Cor
1,9) y a permanecer en su amor. El hijo mayor aparece situado ante la
disyuntiva de aceptar ese "permanecer" junto a su padre y su hermano, entrando
en la fiesta de esa relación de koinonía, o quedarse fuera, como un siervo o
un mercenario que no participan en la intimidad de la fiesta. Su proceso, lo
mismo que el nuestro, está inacabado y en suspenso y la decisión de entrar en
la menujah del Shabat depende, como la suya, de la libertad de nuestra
decisión.
Cuentan del Baal Sem Tov, otro de los iniciadores del movimiento místico de
los Jasidim, que cada semana en la víspera del Shabat, alrededor del mediodía,
su corazón comenzaba a latir tan fuerte que todos los que estaban con él podían
oírlo. 1
Ojalá que quienes nos rodean puedan escuchar también el latido de nuestro
corazón, impaciente por entrar en el Shabat.