CUARESMA: TIEMPO DE ENCUENTROS

Dolores Aleixandre, rscj

Primera semana : Encuentro en el desierto (Mc 1,12-13)

Segunda semana : Encuentro en la montaña (Mc 9,2-13)

Tercera semana : Encuentro junto a un pozo en Samaria (Jn 4,5-42)

Cuarta semana : Encuentro junto a la piscina de Siloé (Jn 9,1-41)

Quinta Semana : Encuentro junto a la tumba de Lázaro (Jn 11,1-45)

INTRODUCCIÓN

El gesto que inaugura la Cuaresma nos invita a hacer cenizas nuestro viejo corazón en pecado, y a dejar que el fuego calcine en nosotros y en la humanidad entera, toda violencia, toda represión, toda prepotencia, todo miedo.

Comenzamos una larga celebración en la que la Iglesia nos convoca a dejar que el Espíritu renueve nuestros corazones para que, del polvo de nuestras cenizas, puedan brotar la vida y la fiesta.

La Cuaresma es un tiempo de gracia, una invitación del Dios que quiere encontrarnos de una manera nueva y llevarnos más lejos en el camino que lleva a la Vida. En apariencia, ese camino parece conducir a la muerte: una cruz se perfila en el horizonte, y quizá nos asalta el deseo de darnos la vuelta. Pero el que se decide a avanzar confiadamente cuesta arriba, hará la experiencia de que esa subida dura e incierta, desemboca en una vida más auténtica, y comienza a entender las palabras de Jesús: “El que pierda la vida por mí, la ganará”

El ayuno al que nos convoca la cuaresma es verdadero cuando nos despojamos de tanto equipaje inútil, cuando tomamos contacto con nuestra pobreza radical, cuando nos convertimos en constructores de reconciliación y de libertad, cuando compartimos sin calcular con aquellos que viven despojados de lo necesario. Ese es el ayuno que Dios quiere y el que nos prepara para que, al fin, El encuentre un sitio en el fondo de nosotros mismos.

Y es entonces cuando nos damos cuenta de que la verdadera fiesta es interior y que es el Espíritu el que la suscita en nuestros corazones, si estamos dispuestos a acogerla. Pero para ello necesitamos pararnos, encontrar tiempos y espacios de interiorización en medio de nuestro ajetreo, para que se despierte en nosotros el deseo de encontrarnos con Jesús.

El evangelio de cada Domingo va a señalarnos diferentes lugares en los que El nos está esperado: el desierto, la montaña, un pozo en Samaria, la piscina de Siloé, la tumba de Lázaro. Dichosos nosotros si acudimos a la cita y dejamos que su amor nos transforme y nos arrastre hacia la Pascua.


Primera semana : Encuentro en el desierto (Mc 1,12-13)

Busca un rato de “desierto” para acercarte a Jesús y ponerte, como él, a solas con el Padre y la humanidad oprimida y expectante como horizonte.

Lee la narración de las tentaciones y ponte a mirar a Jesús para conocerle internamente. Descúbrelo reaccionando aquí lo mismo que a lo largo de toda su vida: aferrado y adherido afectivamente a lo que va descubriendo como el querer de su Padre que es la vida de todos nosotros. No ha venido a preocuparse de su propio pan, sino de que comamos todos. No ha venido a que le lleven en volandas los ángeles, a acaparar fama y "hacerse un nombre”, sino a dar a conocer el nombre del Padre y a llevarnos a nosotros sobre sus hombros, como lleva un pastor a la oveja que ha perdido. No a poseer, dominar y ser el centro, sino a servir y dar la vida.

Déjate atraer por esa manera de ser suya en la que aprendemos a ser hombres y mujeres “cabales”, habla con él de tus propias tentaciones, pídele que te ayude a hacer opciones y a establecer prioridades parecidas a las suyas.


Segunda semana : Encuentro en la montaña (Mc 9,2-13)

Después de leer el evangelio de la transfiguración, disponte para acompañar a Jesús que sube al monte para orar. Acaba de pasar una crisis en su grupo de discípulos y necesita encontrarse con el Padre. Emprende tú la subida junto a él, cargando con la mochila de tus propios desencantos, decepciones y escepticismos: “no se puede hacer nada”, “son inútiles los esfuerzos por cambiar la realidad”..., “lo mejor es no complicarse la vida...” Siente cómo todo eso ensombrece tu vida y empaña tu alegría.

Contempla luego a Jesús, envuelto en la claridad de la cercanía y de la palabra de su Padre: “Este es mi Hijo querido en quien me complazco.” Siente que esas palabras te están dirigidas también a ti, que son pronunciadas también sobre cada hombre o mujer de nuestro mundo. Acoge la alegría de pertenecer a una humanidad envuelta en la ternura incondicional de Dios y deja que esa noticia disipe tus oscuridades, temores y pesimismos.

Habla con Jesús de tu necesidad de momentos de luz para tener los ojos y los oídos abiertos para reconocer su presencia y para escuchar la voz que dice “ estos son mis hijos” sobre aquellos que viven envueltos en las sombras de mil formas de muerte.

Baja del monte con él y reemprende el camino, transfigurado tú también por la certeza de que Jesús es el Vencedor de la muerte y de que la vida humana, aún en “fase precaria”, se manifestará cuando el Resucitado enjugue todas las lágrimas...


Tercera semana : Encuentro junto a un pozo en Samaria (Jn 4,5-42)

Lee primero el texto del evangelio y entra después tú mismo en la escena, sintiéndote llamado al mismo encuentro con Jesús que tuvo aquella mujer de Samaria. Porque también tú vives esperando saciar tu sed y llevas dentro el deseo de vivir.

Siéntate junto a Jesús que te espera en el brocal del pozo, y habla con él de tus insatisfacciones, o de tu obsesión por satisfacer inmediatamente tus deseos, o de tu vida transcurre sin ningún objetivo, con las aspiraciones a ras de suelo.

Trata de poner nombre a los deseos “okupas” que pueden estar invadiendo tu espacio interior, sin dejar sitio para la compasión, la solidaridad, la preocupación por los otros.

Pídele a Jesús que venza tus resistencias a entrar en niveles más profundos, y que ahonde en ti esa sed que intentas engañar en vano.

Déjate sumergir en la sed, porque desear es ya nacer a otra cosa. Escúchale hablarte de esa agua viva que es la suya. Y dile como la mujer: “Señor, dame de esa agua”.

Porque entonces, vayas donde vayas, algo de Dios pasará por el centro de ti mismo para llegar a tus hermanos.


Cuarta semana : Encuentro junto a la piscina de Siloé (Jn 9,1-41)

Lee la narración de la curación del ciego de nacimiento, contempla luego las sucesivas escenas, como si el ciego fueras tú mismo y fueras reconociendo tus cegueras: la de la posesividad que te hace mirar las personas o las cosas a partir de tu propio interés; la que te impide ver más allá de las apariencias de los otros; la de la codicia que te mantiene apresado en el deseo de acumular o de triunfar sin límites...

Ponte junto a Jesús, pídele que saque de tus ojos la viga que te impide ver y que pone en tu mirada negatividad, dureza, superficialidad, indiferencia, prejuicios...Deja que él te los ilumine haciéndolos capaces de ver hasta el fondo, de taladrar la cáscara de la realidad, de descubrir la belleza que se oculta detrás de lo deforme y oprimido, de admirar, a la más pequeña señal, la vida insospechada que apunta en personas o situaciones de las que parece que sólo puede brotar muerte.

Pídele también que te permita contemplarle a él como aquel ciego y mantener con él el mismo diálogo: -“¿Crees tú en el Hijo del hombre? El ciego le preguntó: -¿Quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le contestó: -Ya lo has visto. Es el que está hablando contigo. Entonces aquel hombre dijo: - Creo, Señor. Y se postró ante él.”


Quinta Semana : Encuentro junto a la tumba de Lázaro (Jn 11,1-45)

Después de leer el texto, deja que resuene en tus oidos la orden de Jesús: “-¡Lázaro, sal fuera!” y siéntete convocado desde lo más hondo de tus experiencias de muerte, por esa palabra que te saca de tus tumbas y te libera de tus ataduras.

Escucha lo que hoy el Señor te dice al corazón: “Yo soy la Resurrección y la Vida, si crees en mí aunque estés muerto, vivirás.”

- aunque estés aprisionado y maniatado por el dinero, por el bienestar, por el placer...Aunque sientas que estás muerto, si crees, vivirás.

- aunque te sientas cogido por la superficialidad, por la rutina, por la monotonía de la que no puedes escapar; aunque te sientas cerrado a la experiencia de Dios, si crees, vivirás.

- aunque te sientas angustiado, sin brújula ni horizonte en la vida, sin saber para qué luchar, enqué soñar y poner la ilusión... Aunque sientas que estás muerto, si crees, vivirás.

- aunque te sientas desesperanzado, sin ganas de caminar porque tus pasos parecen siempre acabar en un fracaso... Aunque sientas que estás muerto, si crees, vivirás.

Acércate a situaciones de muerte de nuestro mundo y, desde cada una de ellas, recuerda las palabras de Jesús: “Yo soy la Resurrección y la Vida, si crees en mí aunque estés muerto, vivirás.”

Atrévete a confesar tu fe desde ahí y a comprometerte para luchar junto a Jesús contra los poderes de la muerte porque, pesar de tu pobreza, tu pecado, o tu apatía, has escuchado una voz dirigida a tu corazón: “Ven afuera”, deja tu sepulcro y nace a la vida...