ASTRID
Matilde María Moreno, rscj
Cuatro ciclones en dos
semanas. Este ha sido el trágico balance de la primera quincena
de septiembre en Haití. País sufriente de gente tenaz
que sabe renacer de sus cenizas. Con carreteras desechas, puentes destrozados,
cultivos arruinados y ganadería ahogada, Haití sigue intentando
vivir y no pararse.
En Fe y Alegría
nuestra apuesta por formar al profesorado que trabaja en nuestras escuelas
no se ha paralizado tampoco y del 22 de septiembre al 3 de octubre tuvimos
el Seminario de Formación que no pudimos tener en fechas anteriores
por culpa del desastre.
Éste ha sido un
seminario muy especial. El 22 fueron llegando todos los participantes:
nueve profesoras y profesores de Balan (localidad muy pobre distante
unos 60 Km. de Port au Prince), otros tantos de Bedu (localidad rural,
muy pobre también, cercana a Wanament en la frontera norte con
la República Dominicana) y otros nueve de aldeas, también
pobres, cercanas a Jean-Rabel, en el Noroeste del país.
Este último grupo
fue el que tuvo que hacer un viaje más largo y complicado y en
él venían dos profesoras con sus bebés. A una de
ellas ya la conocía porque participó, con varios meses
de embarazo, en el taller anterior. La otra era nueva. Se llama Mme.
Antoine. y traía en brazos a Astrid. Astrid nos llamó
la atención a todos. Era una niña pequeñita, silenciosa,
muy tranquila, extremadamente delgada (no pesaba más de cinco
kilos) y con apariencia de tener cuatro o cinco meses. La vi tan desvalida
y triste que, por respeto, no quise hacerle una foto.
El viaje había sido
épico. Madre e hija habían salido de su localidad por
la mañana y después de caminar un par de horas por el
monte, habían llegado a Jean-Rabel. Allí tuvieron que
esperar hasta las dos de la madrugada para coger un autobús que
las llevase a Port de Paix. Allí cambio de transporte hasta un
lugar en que la carretera estaba deshecha y tenían que dejar
la camioneta y hacer un trecho a pie. Vuelta a subir a otra camioneta,
vuelta a caminar más tarde y así todo el tiempo hasta
que llegaron exhaustas a Port au Prince pasado el mediodía.
A la mañana siguiente
Mme. Antoine se desmayó y sus compañeras corrieron en
su auxilio. Un joven médico de América Solidaria que trabaja
en un dispensario cercano nos dijo que había que llevarla pronto
a un hospital porque él creía que la fuerte hemorragia
que tenía se debía a un aborto. La llevamos a Médicos
sin Fronteras y allí confirmaron el diagnóstico. Ella
no sabía que estaba embarazada y el esfuerzo del viaje, en condiciones
tan duras, había sido excesivo para su estado.
Hasta aquí una historia
como otras muchas que se dan a diario en este país y en otros
muchos lugares donde la vida es difícil. Lo verdaderamente interesante
es cómo se vivió todo esto.
Cuando llevaron al hospital
a Mme. Antoine ninguno de los participantes del Seminario se preguntó
qué había que hacer con Astrid. Alguien la cogió
en brazos y la cuidó como suya, otra persona le dio de comer,
otra la bañó, otra jugó con ella. Estaba claro
que pertenecía a todos y a todas y en todos lo brazos encontró
acogida, ternura y solidaridad. Nunca lloró y empezó a
sonreír débilmente.
Al anochecer volvió
su madre y fue precioso ver cómo se besaban y como Astrid miraba
a su madre mientras la amamantaba. En las conversaciones de esos días
fuimos sabiendo más cosas: Astrid no tenía cinco meses
sino once; viven en una zona extremadamente pobre y pueden comer muy
poco; la madre tiene 27 años y ha dejado en casa, al cuidado
de la abuela, a otros dos hijos de 7 y 5 años.
Fueron pasando los días
y Astrid fue cambiando. Comía tres veces al día: leche,
pan, arroz, habichuelas, maíz molido, mijo, gachas de harina…
del mismo plato de su madre y al tercer día tenía mofletes
y empezó a reír, a gritar, a llamarnos cuando quería
que le hiciésemos caso y a dormir largas siestas satisfecha.
Los últimos días se sentaba en el suelo a hacer construcciones
con bloques de colores y se agarraba a las patas de las mesas para intentar
ponerse de pie.
El Seminario fue en un
centro que tienen las Dominicas de la Presentación y el último
día les prepararon dos cajas con gran cantidad de leche en polvo,
habichuelas y comida nutritiva, no perecedera, para que pudiesen seguir
comiendo en casa.
En la evaluación
del último día Mme Antoine se levantó y con la
sencillez y dignidad que da el esfuerzo diario por la supervivencia
nos dijo: “Sé que les he dado problemas y les pido disculpas.
Les doy las gracias, de todo corazón, por todo lo que me han
ayudado. He aprendido mucho, mucho más de lo que podía
imaginar. Me voy muy contenta por los días que he pasado aquí,
por todos los amigos y amigas que he hecho y por todo lo que mi hija
ha cambiado. Nunca podré olvidarles. Que Dios les bendiga”.
Así de guapa es Astrid a sus 11 meses.