SORPRESAS EN LAS NOCHES DE SAN FERMÍN
Milagros Munárriz, rscj

 

En los “Sanfermines” de este año, tenía una cita a las dos de la madrugada del 9 de Agosto, miércoles. Iba con una gran ilusión pero pensando cómo estaría esa calle (Avenida de San Ignacio), tan ancha y tan céntrica…
Al llegar había tanta luz entre faroles y luna, tanta música, tantas cuadrillas que iban y venían, que parecía de día.

En medio de la Avenida había un “puesto” oficial en el que una chica con distintivo de agente del Ayuntamiento, atendía. Estaba hablando yo con la chica “agente” y se detuvo uno de los “alegres” grupos sanfermineros queriendo convencerme de que fuera con ellos a bailar. Como no les hacía caso, le dicen a la “agente”: “pues ven tú, que seguro que tu madre te deja”. (Me señalaba al decir que su madre la dejaba)…
Pasó el grupo, venían otros y yo me fui para no llegar tarde a mi cita.
Es una cita de todas las semanas.
Está siempre abierta la puerta, pero esta vez, como era San Fermín, la puerta estaba cerrada, por precaución. Llamé, me abrieron y me dijeron: “no creo que hagas otra cosa que abrir la puerta, porque entra mucha gente”.
¿Dónde entraba tanta gente de blanco y rojo en la madrugada de un día de San Fermín?
Entraban en “la novedad” pastoral del año.
Fue iniciativa del nuevo obispo: quería que en Pamplona hubiera siempre una capilla abierta con la presencia eucarística. Pidió voluntarios, se presentaron a montones, y hasta vienen de pueblos para “hacer su hora de vela al Santísimo”
Desde el día del Corpus, 25 de Mayo, está abierta siempre la capilla-basílica que conmemora el lugar donde cayó herido San Ignacio.

Mi cita transcurre cada semana con normalidad: alguno que otro entra y se está un rato, pero ¡esa noche de San Fermín!
Golpearon la puerta queriendo entrar. Me habían dicho que antes de abrir me cerciorara de a quién abría. Era un cincuentón barbudo, vestido como Dios manda: de blanco y rojo, y dice muy extrañado: “¡pero si todos los días vengo a hacer “la visita” (claro que a otra hora), y siempre está abierta la puerta!”. Le digo que pase como siempre. Allí se quedó.
En seguida otro intento de abrir: eran tres jóvenes. Todos cumplían con el uniforme sanferminero. Abro, entran, se arrodillan… y al irse dice una chica: “es una gozada poder entrar cuando se quiere”. Y un chico: “yo soy de Barcelona y el “Tibi dabo” también está siempre abierto, y yo conozco a un cura que todos los días está de una a tres de la mañana.” (Eso valoraba con admiración el sanferminero…)
Aún hablaban y nueva entrada: esta vez se asombran al verme: una antigua alumna y su hija. La madre me cuenta que esta chica – alumna mía desde los tres años - se va dos años de voluntaria al tercer mundo. Tiene una espléndida carrera y sobre todo quiere este servicio… la madre está preocupada. Se quedan rezando.

Y así se pasó esa hora: entrando gente continuamente.
¡Qué poco conocemos el corazón humano! ¿Quién se iba a esperar que en puros sanfermines tuviera tanta atracción entrar en el silencio de una iglesia y pasar un rato…?