BANTABA 2010

Sandra

Mª José Mendez

María de Grado

 

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Carta a mis amigos de Bantabá

¡Cómo es fácil para algunos cruzar fronteras! No he tenido que remar durante 8 horas para llegar hasta Tarifa. No he tenido que venir escondiéndome bajo un camión. No he tenido que saltar muros, atravesar desiertos ni subirme a ninguna Patera. Sólo he tenido que montarme a un par de buses, a un tren, a un avión y a una camioneta, y los únicos peligros que he corrido han sido los de llegar tarde o tal vez que se le reventara una llanta al bus.

En las Norias de Daza me he quedado tan sólo dos semanas, esto ha sido para mí solo una paréntesis, una pausa, vacaciones. Pero ha valido la pena, porque los he conocido, te he conocido a ti Neneta, a ti Sábado, a ti Bibiana, a ti Abdendi.

Muchos de ustedes recién están emprendiendo el camino del saber. ¡Qué emocionante ha sido para mí ver la carita orgullosa de Adama escribir con tanta aplicación sus primeras frases, o el frenesí de Nababo al hojear su primer diccionario! ¡Qué satisfacción ver con cuanto entusiasmo leían la enciclopedia y descubrían las costumbres de nuevos países, o leían la historia de la copa del mundo en el País! Sigan así amigos míos, la aventura del conocimiento es infinita. Perseveren, sean solidarios, escuchen, concéntrense, no se rindan. La vida no es fácil para nadie. Llegará también para ustedes la Vida Nueva. Una vida en la que podrán sentarse con los demás al bar y saborear unas riquísimas tapas festejando la victoria de la Roja , en la que bailarán con los viejos del pueblo en las fiestas de Las Norias. Un día en el que lograrán el arraigo, un contrato de trabajo, una casa y en el que verán crecer felices a sus hijos. Entonces ya nadie los mirará de reojo, ya no existirán las Lomas del Viento ni la Fabriquilla de la Mujer. No tendrán que aguantar temperaturas extremas ni respirar productos químicos. Ya nadie les preguntará cómo han llegado ni que han venido a hacer aquí. Mientras tanto acuérdense que existe Bantabá un lugar dónde, como las aves migratorias en Gambia, encontrarán el reposo, un lugar en dónde encontrarán la solidaridad de muchas personas que al igual que yo, Pilar, Manu, Moli, Herminia y Dominica aguardamos con esperanza la venida de ese día.

¡Un pedazo de mi corazón se ha quedado en las Norias!

Su maestra, Sandra

 

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Hola a tod@!

Me llamo Mª José Méndez, soy de Galicia y este verano he tenido una experiencia inolvidable en Andalucía que me gustaría compartirla.

Creo que todas las cosas, todos los sucesos, todas las personas tienen relación unas con otras y en ellas se ve la mano amorosa de Dios. Para que yo fuese a El Ejido, se tuvieron que dar una serie de circunstancias íntimamente relacionadas unas con otras.

Me gusta recordar la historia de las huellas en la arena en dónde Dios dice:”Hijo mío, dónde tú ves sólo un par de huellas, es solamente porque yo te llevaba en brazos”. Pues bien, a mí, Dios me llevó en brazos hasta Las Norias que se encuentra en El Ejido, una ciudad rodeada por un mar de plástico, en donde la población inmigrante, según datos del 2008, es de un 33% y en la que conviven más de 90 nacionalidades.

Mar de plástico con el Mediterráneo al fondo

Allí me encontré con una realidad de la que había escuchado hablar, pero desconocía.

Nos reunimos un grupo de 4 personas para colaborar en la segunda quincena de agosto. Nuestra tarea era colaborar con el proyecto Bantabá, que llevan a cabo las religiosas del Sagrado Corazón, en la labor de dar clases de español a inmigrantes, ser un punto de encuentro y ayudar, en la medida de lo posible, en su integración en España.

Cuando fuimos el lunes a dar clase y los vi esperando en la puerta, no sabía qué hacer, cómo comportarme; pero vi a Ángeles, con el cariño con el que se dirigía hacia ellos y me quedé prendada.

Poco a poco fui descubriendo en ellos personas con un afán de superación impresionante pues la vida no los ha tratado nada bien, pero siguen luchando para seguir adelante.

Son personas con una alta capacidad de sufrimiento y entrega, pues lo que han pasado para poder estar en España, sólo lo saben ellos: La decisión de dejar a su familia, a los que aman y venir a un país con una cultura distinta, el riesgo que corren en el viaje pues muchos vienen en pateras, la condición de ilegal en un país desconocido,…

Muchos de ellos dejan sus trabajos en su país de origen, algunos de ellos incluso tenían buenos trabajos, con un salario digno. ¿Por qué? Creo que principalmente hay dos motivos: El primero es que creen que España es el “país de las oportunidades” y no creen que el trabajo que le espera a la mayoría sea trabajar en un invernadero, en la huerta de España, no creen que lo que les cuentan sus compatriotas sea verdad. El segundo es que muchas personas de las que están aquí no cuentan realmente como viven para que sus seres queridos no se preocupen y mandan todo el dinero que pueden para que su familia viva bien, aunque ellos estén privados de comodidades o incluso de la cobertura de necesidades básicas.

Algunos viven hacinados, privados de la cobertura de las necesidades y derechos más básicos. Muchas de sus viviendas están en malas condiciones: Sin sanitarios, sin agua potable, viviendo en condiciones de hacinamiento, teniendo un clavo en la pared como lugar para tener colgadas todas sus pertenencias. Otros viven en garajes, pagando por ellos cantidades elevadísimas. Algunos conseguir agua que usan para asearse, lavar la ropa y los utensilios de cocina, la recogen de los canales de riego.

Vivienda en una cochera

Conscientes de que para algunos jefes no son personas, sino brazos. Los más afortunados tienen trabajo por largas temporadas; pero hay otros que lo tienen por quincenas o días. Cada día es una incógnita, ¿Habrá trabajo? Si alguno se pone enfermo, hay otro que ocupe su lugar. Además, las temperaturas que puede haber en los invernaderos puede superar los 60º con un alto índice de humedad. ¿Quién de nosotros trabajaría con estas condiciones?

Acostumbrados a obedecer y callar ante las injusticias, saben que han venido aquí a trabajar y si protestan pueden quedarse sin trabajo.

Tienen muchos problemas legales para poder tener la nacionalidad española. Tienen que esperar entre tres y cuatro años para poder iniciar los trámites. Les piden un contrato de trabajo, empadronamiento y otros muchos requisitos que demuestren que están arraigados en la zona, Algunos muy difíciles de conseguir y que compran a precios muy elevados.

El honor es muy importante para ellos. Esto no puedo explicarlo con palabras, hay que vivirlo, hay que sentirlo. Ver sus caras, sus gestos cuando les ofrecías reconocimiento.

Su experiencia de vida es muy valiosa por las decisiones que han tenido que tomar, por la valentía de llevarlas a cabo, por el tipo de vida que llevan en España, por todo lo que tienen que ir superando día a día y todo esto viviéndolo con alegría y con esperanza hacia un futuro más agradable que puede que no llegue nunca. Me llama la atención las ganas que tienen por vivir, por aprender, por superarse. También tienen sus momentos de debilidad, de soledad, de sentirse “pequeño”, pero saben que el sol vuelve a salir mañana, son personas luchadoras y viven con la esperanza de que mañana pueda que sea un día mejor.

Son personas sencillas, felices y agradecidas por lo que tienen. Me hago esta reflexión: Ellos no tienen nada y son felices, yo tengo de todo y nunca estoy contenta. ¿Por qué?

Días después, al volver a mi vida cotidiana, veo que me ha marcado la experiencia en Las Norias. Siento la necesidad de ser un poco más consciente del mundo que nos rodea, de pensar que no tengo derecho a todo, que no todo me es debido, de agradecer lo que va apareciendo en mi vida y no frustarme por lo que quisiera tener o hacer.

Siento la necesidad de creer que todos necesitamos unos de otros de una forma altruista, no interesada; la necesidad de levantar la mirada y reconocer al otro como mi hermano, hijo de Dios.

Pienso que si todos mirásemos el mundo, a las personas, a nosotros mismos con los ojos con los que nos mira Dios las cosas serían mucho más fáciles. El motor más potente de este mundo tiene que ser el amor.

Mª José Mendez Fabeiro Maestra (Villagarcía de Arosa)

2ª quincena de Agosto 2010

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VERANO EN ALMERIA “BANTABÁ”

Al principio me apunté a unos Ejercicios Espirituales. Pero quería, por fin, hacer algo por otros y mi verano, trabajando en una tienda, es muy limitado. Miren me dio la idea: mis Ejercicios Espirituales serían este verano esa tarea: Proyecto Bantabá, Almería, El Ejido, Las Norias de Daza. Una casa de las Religiosas del Sagrado Corazón. Cuatro quincenas. Cuatro personas cada vez. Yo quería ser una de ellas. Hablé con Pilar, una de las responsables del proyecto. Quedamos en que iría la segunda quincena de julio. Desde ya, me sentía muy contenta. Faltaban tres meses. Quería preparar el corazón. Me han ayudado dos libros de B. González Buelta: Bajar al encuentro de Dios y Orar en un mundo roto .

Se acercaba el día de irme a Almería. En mí había ilusión y un poco de miedo. No sabía si iba a ser capaz de dar las clases, de estar a la altura. Un largo viaje en tren desde Valladolid. Ya iba llegando. Cuando dejamos los olivos de Jaén, surgieron implacables los invernaderos. Era un avance de lo que iba a ser “mi pueblo”. Pude imaginar un poquito lo que debía de ser trabajar allí y me estremecí. Osamentas cubiertas de plástico, la mayoría de techos muy bajos. Luego me informaron de que la temperatura habitual es de 50ºC .

Me recibió el ambiente pegajoso de la calima almeriense. Ese clima me templa los nervios. Me esperaban, entre la estación y la casa, mis compañeras. Llegada y acogida. Reunión preparatoria. Esa misma tarde comenzarían las clases. Otra vez el temor: ¿seré capaz? Me gusta enseñar, y me atrae la lengua, la palabra, pero no soy una profesional. Pilar me anima. No va a ser la primera vez. En estos quince días estará siempre ahí.

Una cosa se me graba de la reunión: los alumnos deben sentirse tratados como personas únicas, es importante aprender cada nombre. Eso no me asusta: mi memoria me echará un cable… otra cosa me parece importante: se debe potenciar el grupo, que estén unidos.

Le pido algo de material a Pilar, es sencillo pero bien estructurado. Ángeles y ella lo tienen bien preparado. Cuando estoy en el centro, llega mi primer alumno: Fernando Mendes, estrecho su mano y al mirarle me llega la certeza de que es un hombre bueno. Van llegando los demás, con una mirada confiada y una sonrisa grande. Voy contenta a mi clase. Al pasar lista me doy cuenta de que lo de los nombres no va a ser tan fácil como pensaba. Sobre todo los árabes… Los africanos que no son musulmanes tienen nombres portugueses y es más sencillo para mí, pero aquí viene otra dificultad que luego entre risas me explicarán, -estos chicos se lo toman todo bien- que no es sólo mía, sino de muchos europeos: algunos rostros se me parecen demasiado entre sí. Las miradas llenas de confianza me alcanzan desde sus lugares alrededor de la mesa. El temor que sentía de no estar a la altura se evapora: ellos se han puesto a la mía. Siento durante esa hora y media una felicidad que no había sentido antes. Su confianza me anima y empiezo a enseñarles cosas de esta lengua que es la mía y que necesitan hacer suya. Según se van, van viniendo los del grupo siguiente. Un poco afónica iniciamos las presentaciones y comenzamos la clase. Hora y media después mi jornada termina… me siento tan feliz… y es sólo el principio. Después del fin de semana, conozco al grupo que viene por las mañanas: aquí hay más chicas: 5 entre 9 varones.

Durante las dos semanas que estoy con ellos y ellas, día tras día, los voy conociendo. Yo les llamo por su nombre mirándoles a los ojos, pero ellos me dan la bienvenida cada vez con esa confianza en la sonrisa y en la mirada. Avanzamos en las clases de español. También salen en clase sus preocupaciones, el por qué se vinieron desde tan lejos jugándose la vida y arrancándose de sus raíces. La respuesta siempre es la misma: por buscar una vida mejor. Ahora me cuesta más mirarles y se me encoge el corazón: ¿tienen entre nosotros esa vida mejor?: me cuesta creerlo, cuando voy conociendo los lugares en los que viven, naves grandes en las que caben cuarenta, viviendas con techo de uralita, cocheras donde no existen los baños. Pero yo no conozco la realidad de África: ellos me aseguran que sí, que esto es YA mejor. Utilizo el tema de la Vida Digna en ejercicios de clase. Es bueno que conozcan sus derechos. Es imprescindible que los que creemos en la realidad del Reino de Dios luchemos porque no sean sólo palabras.

En los grupos siempre conviven dos etnias: marroquíes y africanos. Al principio noté algún atisbo de distancia, pero pronto, gracias al ambiente de cordialidad general el recelo se deshace. Puedo ver con gusto como manos blancas y negras se estrechan al encontrarse.

Yo intento enseñarles español. Y ellos… me enseñan humanidad. No hay corazas en la forma en la que expresan el afecto, la alegría, el sufrimiento. Es verdad que los marroquíes son más misteriosos. Los africanos, hombres y mujeres, son “niños grandes”. A veces intuyo que mis alumnos traen preocupaciones de las que no pueden desprenderse a pesar de su interés por la clase, pero una dignidad invisible les envuelve siempre. Siento que defienden la vida de las garras de mil razones que les asaltan para que rindan la alegría y el coraje. Preguntando a un marroquí al que acucian problemas muy reales por qué siempre logra estar contento, me responde que: “ en la vida las cosas muchas veces son buenas y otras muchas salen mal, que eso es propio del vivir, que por eso no va a permitirse sentirse mal Intento grabarme la lección para cuando vuelva a mi rutina diaria.

Qué buenos alumnos resultan! Tengo amigas profesoras en Valladolid y en otras ciudades. Muchas se quejan de que sus alumnos pasan de todo, de que les resbala el aprender, y me cuentan muy cansadas que tienen que batallar cada día para que se comporten, que ni ellos ni sus padres dan importancia alguna a lo que siempre se ha llamado buena educación. Bien, pues de estos chicos, sólo unos pocos han podido ir a la escuela en sus países de origen. En pocos meses, gracias a la labor que con ellos hacen todo el año Pilar, Ángeles y los voluntarios, han aprendido a leer, a escribir y a mucho más en una lengua que no es la suya: daros cuenta, en sus países eran analfabetos. A mí no me perdonan que no marque bien con la tiza un acento en la pizarra, tal es su interés. Y… por mi nombre apenas consigo que alguno me llame: yo, como las otras soy su: Maestra: pero… qué respeto hacia mí y hacia sus compañeros: siempre los hay más torpes o rezagados; ni un gesto de impaciencia. Y yo tengo que aprender de ellos esto también porque la impaciencia en algunos momentos a mí sí que me tambalea. ¿Asomos de burla hacia los defectos de los otros?: ni se lo plantean.

En la casa, con mis compañeras, iniciaba el día con un rato de oración. Y el encuentro con Dios continuaba para mí en el encuentro con mis muchachos y muchachas, los que teniendo tan poco materialmente tanto sentido vital me han dado. Si los Ejercicios Espirituales son un encuentro con Dios, yo me he encontrado con Él en El Ejido. Gracias, ¡Bantabá!

 

María de Grado, Valladolid.

2º quincena de Julio 2010