El camino de Santiago jacobeo

Irene Santisteban Bailón

Hace poco más de un año que empezó la experiencia del camino del Santiago y aun este segundo año viéndome allí, en la plaza del Obradoiro, no podía creerme que habíamos llegado después de todo. Todo empezó cuando compañeras nuestras empezaron a hablarnos de su experiencia de años anteriores mientras algo me decía que tenía que hacerlo, que aunque me arriesgaba a descubrir mis limitaciones o que aquello no era para mí necesitaba hacerlo. Y sin apenas darnos cuenta nos vimos inmersos en una experiencia inolvidable. Una de las primeras cosas que te preguntan cuando estás haciendo el camino es porque lo haces. Muchas personas lo hacen por motivo religioso, otras por una promesa, otras porque querían vivir una experiencia distinta y sin embargo, yo creo que en el fondo vamos porque simplemente queremos encontrarnos con nosotros mismos para saber en que creemos y quienes somos. Y así fue.

Cada día comenzábamos a las 6 y media de la mañana y a partir de ahí la aventura comenzaba. Desde los buenos días de tus compañeros de camino, hasta el simple cómo has dormido o cómo estás nada más levantarte. Una vez puestos en marcha la aventura continuaba y era entonces cuando en una misma etapa, querías llorar, dejarlo todo, rendirte, coger fuerzas de donde no las tienes y sobre todo te encontrabas con las personas, contigo misma y la naturaleza. Cada reunión, cada charla, cada momento se queda grabado en mi memoria como un tesoro que nunca quiero dejar escapar. Porque realmente sí me encontré conmigo misma, supe en definitiva, quien era y en lo que creía. Y, ¿sabéis lo mejor? que cada vez que descubría algo de mí también descubría algo nuevo de los demás. Y es cierto que a veces te decepcionas e incluso te desesperas, pero en la mayoría de los casos descubrí que no estaba sola haciendo el camino; que mi fe, mi familia de peregrinos o tu misma son las únicas y a la vez la mejor de las compañías.

Por eso cuando me preguntan qué tal me fue o que tal me lo pasé, siempre digo que es una experiencia que hasta que no vives no eres capaz de imaginar todas las sensaciones y personas que envuelven tu corazón y que te dejan huella para siempre. Aprendes a vivir con lo puesto, siendo tu misma y queriendo mostrar lo mejor de ti. Pero no os penséis que fue fácil, de hecho, podría decir que fue muy duro; que nos llovió durante tres días, que las ampollas y los dolores musculares y las lesiones, así como el frío, son compañeros poco agradables en el viaje. Pero es como la vida misma, y eso es lo que enseña el camino, como vivir y sobretodo como convivir. Aún me emociono cuando pienso en todos los sentimientos, abrazos, risas, imágenes que se instalan en mi recuerdo. Y es por eso, por lo que desde entonces, no soy ni seré la misma. Porque no se trata de andar, ni de llegar más rápido, sino que se trata de encontrar tu propio ritmo, la esencia misma de las cosas. Porque ya lo dice aquella frase, caminante no hay camino, se hace camino al andar.