Camino de Santiago jacobeo

Mª Isabel Motos Fernández

 Mi experiencia del Camino de Santiago


Dicen que el Camino de Santiago es una moraleja de la vida en la que el peregrinar es vivir y la mochila todo aquello con lo que nos cargamos a diario, no sólo en el aspecto material sino también en lo que a los sentimientos se refiere. Y dependiendo de su peso nos será más o menos difícil caminar, en este caso vivir.

Sin embargo, en mi peregrinar he descubierto que es más que una enseñanza de la vida; se trata de una experiencia tan personal y tan impactante que es vida por sí misma. Todos los que hayan realizado esta peregrinación estarán de acuerdo en que lo que no sucede en diez años, pasa en diez días y con más intensidad que en ningún otro lugar. Durante el caminar lo bueno se magnifica y lo malo, junto con los miedos, se supera. Porque ése es el momento en el que te das cuenta de que estás solo para realizarte como persona, porque es un hecho que únicamente depende de ti, pero que a la vez estás rodeado de gente que te da lo mejor de sí para ayudarte. Y al revés.

El hecho de convertirse en un peregrino por unos días lleva esa actitud implícita. Y se nota en el carácter; en las ganas de superarse, de que los demás se superen. Es cierto que, cuando llevas varias horas andando bajo el sol con el peso de la mochila, lo que más deseas es llegar al albergue de una vez, pero no por ello dejas a nadie tirado en mitad del camino. Lo digo por experiencia, porque a mí, por ejemplo, me podrían haber dejado sola en Cebreiro, pero no lo hicieron.

Creo que todo el mundo debería hacer el Camino de Santiago, fuera por el motivo que fuese. Tanto por practicar deporte, por pasar el verano, por ponerse a prueba uno mismo, por motivos religiosos, por conocer gente o cualquier otra propuesta. Porque lo importante no es la razón sino el hecho.

Y es que, si algo he aprendido en estos dos años de peregrinaje, ha sido que la mejor excusa para hacerlo es, sencillamente, querer hacerlo.

El Camino ya está ahí para encargarse de que te pongas en forma físicamente, de que pases el verano, de presentarte situaciones en las que te ponga a prueba, de mostrarte lugares religiosos, de que conozcas a otros peregrinos, de que te conozcas a ti mismo. etc. Lo único que falta eres tú.

Como solemos decir a quienes nos encontramos en nuestro caminar: ¡Buen camino, peregrino!
En tu mano queda decidir si ese camino es el de Santiago o es, simplemente, la vida.