Camino de Santiago jacobeo

De dos granadinas, Rous y Cristina

 Mochila…? Camino…? Vivencia…? Amistad…? ¡CRECER!


Mochila preparada con todo lo necesario dentro, conocíamos a nuestros compañeros y sabíamos el esfuerzo que significaba caminar...pero nada de esto podía impedir esos nervios del primer día. Cada uno viviríamos esta experiencia a nuestra manera. Para algunos sería un paseo sin muchas complicaciones aparentes, para otros una competición, para otros requeriría un esfuerzo continuo, unos se lo tomarían más en serio que otros y algunos sufrirían más dolores, pero para todos el final sería el mismo: Santiago.


Durante el camino las cosas no siempre resultan algo fácil, empezábamos a sentir dolor en partes de nuestro cuerpo que ni conocíamos, las ampollas comenzaban a crecer y nuestros hombros parecían piedras aunque siempre había alguien que sabía cómo remediarlo. A pesar de la poca ropa que llevábamos nos daba la sensación de que nuestra mochila pesaba toneladas, pero antes de podernos quejar ya había alguien que nos la había sujetado. Los albergues no eran exactamente hoteles de cinco estrellas, pero el hecho de dormir allí con nuestros amigos lo hacía que fuese mejor y aunque a veces ni siquiera consiguiésemos una cama no cambiaríamos nuestras conversaciones antes de dormir; la comida de nuestras madres no dejaba de rondarnos por la cabeza pero al llegar, teníamos tanta hambre que todo nos resultaba perfecto y las duchas frías se repetían casi todos los días aunque ese momento se convertía en algo inolvidable.

No diremos que hacer el camino es algo fácil, pero sí que cada esfuerzo, cada paso se ve recompensado cuando llegas a Santiago y te das cuenta de que te has superado día a día, que has aprendido a valorar las cosas pequeñas y que has crecido como persona, por eso nosotras no olvidaremos estos dos años en los que hemos construido una pequeña parte de nuestra vida.