
Se le notaba su procedencia campesina. Al fin y al cabo, en contacto con el campo había aprendido el ciclo del tiempo, el temor a las heladas, la paciencia de la espera, la necesidad del agua, del sol, del aire, de muchas manos trabajando en la cosecha al mismo tiempo.
De vez en cuando avisaba: “A las 4 de la tarde, invito a todas las que puedan a bajar conmigo al jardín a recoger nueces y partirlas y a dar la vuelta al heno”. Siempre que podía se iba a la granja, daba de comer a los conejos y a las gallinas, o el biberón a un ternero que se había quedado sin madre.
“Un día que estaba entretenida junto a un viejo caballo al que tenía mucho cariño, fui a darle un recado (lo cuenta Paulina Perdrau, la pintora de Mater) y mientras se lo explicaba, pensé que le estaba haciendo más caso al caballo que a mí. Me notó la queja en la cara y me dijo con malicia: “Te veo muy ocupada de ti misma, Paulina...” Otro día, estaba yo encaramada en un andamio de la iglesia retocando una pintura cuando la oí llamarme: “¡Paulina baja! La hermana encargada de las vacas no está, ven a cuidarlas conmigo. ¡Hace un día precioso!”
En abril de 1865, tenía 85 años y le quedaba solamente un mes de vida (murió el 25 de Mayo de ese año). En una carta a Estanislao, un sobrino suyo, le comentaba que en París estaban teniendo una primavera espléndida y que esperaba que no hubiera alguna helada tardía, porque eso estropearía todas las flores. En los comienzos de Mayo, Sofía disfrutaba del buen tiempo y pasaba algunas mañanas en el jardín. Sentada bajo el cedro, su árbol preferido, esperaba a que las pequeñas vinieran durante el recreo a estar con ella. Y era entonces cuando se sentía plenamente feliz porque estaba rodeada de lo que más le gustaba: los niños y la naturaleza.
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Su hermano Luis, a pesar de su severidad, le hizo un gran favor: consiguió aficionarla a leer, a entender lo que leía y a disfrutar aprendiendo... Llegaron a encantarle Homero y Virgilio y los estudiaba en paralelo a los Padres de la Iglesia. Aprendió castellano y tuvo la suerte de poder leer “en directo” a Santa Teresa, a San Juan de la Cruz y se reía mucho con el Quijote...Pero ni era rara, ni un ratón de biblioteca: le encantaba divertirse, salir con sus amigas y ponerse ropa bonita...
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Cuando vivió en París, echaba de menos el contacto directo con el campo, poder tener algún animal en casa, como aquel cordero recién nacido que le regalaron cuando era pequeña, que la seguía a todas partes y que se quedaba quieto a sus pies cuando se sentaba...
Un día su hermano Luis le dijo señalándolo: -"¿Ves ese cordero, quieto junto a ti? Es su manera de mostrarte su cariño..." Sofía contaba de mayor que aquello le había enseñado mucho sobre la oración: permanecer quieta y en silencio ante Jesús amándole...
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Tuvo una infancia dura porque Luis, su hermano sacerdote fue un tutor muy severo que no le pasaba una. La trataba con rigor, la hacía estudiar constantemente sin darle apenas tiempos de descanso, quería que comiera y durmiera poco y le impuso un horario muy estricto. Tampoco le dejaba elegir lo que le gustaba y suprimió de su plan de estudios todo lo que le parecía que podía exaltar su imaginación o su sensibilidad. Le quitaba de las manos un libro que le divertía, no le permitía ir a jugar con sus amigas, demostraba su desprecio por los trabajos literarios en que se había esforzado, y más de una vez echó al fuego las labores que estaba haciendo porque le parecía que ponía en ellas vanidad.
A Sofía aquellas cosas le dolían tanto que con frecuencia lloraba a escondidas, se volvió encogida y temerosa y de mayor tuvo que luchar mucho con su inseguridad y sus miedos.
Pero gracias a ello aprendió también a cultivar mucho el sentido del humor, a poner distancia ante los pequeños problemas y a reírse de ellos. Comprendió los aspectos positivos que había tenido su educación: misteriosamente, aquellas exigencias desmesuradas le habían enseñado a ser fuerte por dentro, a hacer poco caso de su exagerada sensibilidad, a hacer más firme y a la vez más flexible su voluntad y también a ser más humilde.
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El día de la profesión, cuando ya debían estar en la capilla, sus compañeras buscaron a la hermana Sofía. La encontraron bajo el nogal del patio, inmóvil, como si todo lo demás hubiera desaparecido para ella excepto el Señor que se le comunicaba. Cuando salió de aquel estado, se dirigió radiante y encendida hasta el altar en el que iba a consagrase a Aquél que acababa de cautivarla.
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Una de las rocas en que apoyó siempre su vida fue un amor inquebrantable a la Iglesia. Y lo mantuvo siempre a pesar de que vivió “en el ojo del huracán” de un conflicto eclesial que existía en el momento histórico que le tocó vivir. Por un lado, los obispos franceses desconfiaban de una Congregación que se extendía fuera de Francia y querían mantener la autoridad sobre ella a toda costa. Por otra parte, muchas personas veían necesario que, si la Sociedad del Sagrado Corazón quería implantarse en otros países, la Casa General debía estar en Roma cerca del Papa, centro visible de la Iglesia. Sofía estaba en medio de las dos tendencias y cualquier decisión que tomara, era mal interpretada por los que sostenían la postura contraria.
Este conflicto fue una de las mayores causas de sufrimiento de su vida y lo vivió con paciencia, humildad y sabiduría. Decía: “Por temperamento no soy recelosa. No me gusta pensar mal de nadie. Si alguien obra mal abiertamente, pienso que lo hace con buena intención y no indago más. A través de todo, el Señor hace su obra. Como acostumbro, no tengo sino que dejarle hacer y Él sacará el bien del mal. Sin duda, para no encontrar obstáculo a sus planes, el Señor ha escogido un instrumento tan pobre y desprovisto de medios naturales; de tenerlos, quizá me hubiera sido difícil sacrificarlos para actuar a mi modo. El Señor quería que esta obra no fuese de mano humana, sino enteramente suya.”
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Estaba a punto de despedirse de Filipina Duchesne a la que enviaba a América, junto con otras cuatro compañeras. Se embarcaban en el velero Rebeca y emprendían una aventura difícil y arriesgada: viajar en aquel tiempo estaba lleno de peligros y se enfrentaban con un mundo desconocido. Sofía les dijo: “Aunque no consiguierais mas que abrir en Luisiana un sagrario, uno sólo; aunque no consiguieseis más que enseñar a un solo indígena a pronunciar un acto de amor a Jesucristo, ¿no os parece que eso es suficiente para que seáis plenamente felices?” |
“Llegó al internado una niña muy pequeña, cuenta Paulina Perdreau, que me pareció muy mimada, así que, para empezar a educarla, no le hice más caso que a otras y la dejé en su cuarto como a las demás. Sofía lo supo por la mañana y se enfadó conmigo: “¡Te ha faltado corazón y sentido común! ¿Cómo se te ha ocurrido dejarla sola en su primera noche? En el Sagrado Corazón las niñas tienen que sentirse en su casa. Yo me la hubiera traído a dormir a mi lado, la hubiera mimado y contado cuentos, le hubiera dado todo el cariño de la familia que le falta...Tenías todo el amor de Jesús a derrochar con ella y ¡no lo has hecho!”. Creo que no olvidaré nunca la lección...”
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Toda la vida le gustaron mucho los animales y a veces la metían en líos, como cuando se enteró de que iban a hacer desaparecer las crías de una gata y se las arregló para esconderlos y que no los encontraran. Como es natural aquella gata le tomó un enorme cariño a pesar de su fama de animal arisco...
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En el jardín de uno de los primeros colegios que fundó en París había un gran cedro que ella misma había plantado y solía sentarse a su sombra. La rodeaba la gente pequeña a quienes tanto quería y también de las mayores que se sentían atraídas por la sabiduría, la comprensión y la ternura de aquella mujer a la que podían contarle todo, preguntarle y confiarle todo, y con la que siempre terminaban hablando de Jesús.
Cuando murió, pusieron esta inscripción junto al árbol:
"Este cedro fue plantado por la M. Barat en 1820 y con frecuencia descansaba a su sombra. Ella trabajó para los que buscan la verdad y fue fiel al camino de la sabiduría."
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