
Cuando dejamos a un lado todas nuestras preocupaciones, nuestros deseos, las ocupaciones del día a día y hacemos silencio en nuestro interior surge nuestro verdadero yo, nuestros intereses más profundos, lo que aspira a vivir en nosotros, lo que estamos llamados a ser. Y aparece la gran pregunta, la pregunta por el sentido de nuestra vida, si somos lo que realmente somos de fondo, si hacemos aquello que coincide con nuestros deseos más profundos. Y es que…si está en nosotros…puede llegar a hacerse realidad.
La vida es un Misterio. El mejor regalo que nos han hecho a todos es la vida, sin ella no estaríamos aquí, no tendríamos posibilidad de ser nada. Sin embargo, es un regalo muy especial. Es dinámica, no es algo estático que no cambia. Está abierta, interactúa con el mundo y con la vida de los otros y se deja afectar a la vez que afecta al mundo y a los demás. Por eso la vida no siempre es justa. No vivimos en una burbuja sino que estamos en relación unos con otros y con el mundo en general y eso hace que el regalo sea aún más sorprendente si cabe.
La vida hay que cuidarla igual que a una planta porque si no se marchita y muere. No por mucho estirar a una flor vamos a conseguir que florezca. Puede llegar a dar rosas, margaritas, amapolas, violetas y tantas y tantas variedades de aromas y colores que conocemos y no conocemos también pero si la arrancamos de tanto estirar, la semilla nunca llegará a ser lo que potencialmente está en ella, nunca llegará a mostrar toda la belleza que el Señor sueña en ella. Hay que respetar su ritmo. Santa Magdalena Sofía decía que la obra de Dios se hace en la sombra y lentamente.
A veces nos encontramos con deseos de que nuestra propia vida y, sobre todo la de los demás, crezca mucho más deprisa que el propio ritmo de crecimiento de esa vida. Sólo hay que observar la naturaleza, no crecen todos los árboles ni los animales de la misma manera, no todos tienen las mismas necesidades de cultivo (abono, riego, nutrientes, poda,…) e incluso lo que para unos es beneficioso, para otros puede ser tremendamente perjudicial. Y si observamos la vegetación natural de los bosques que apenas requieren la intervención del hombre, descubrimos que no todas las plantas crecen en todos los lugares. No es lo mismo sitios de alta montaña que en las riberas de los ríos, un tipo de suelo que otro, un tipo de clima que otro, orientación norte que sur, si llueve mucho o poco, tantos y tantos factores que pueden influir en el desarrollo de una especie.
Nosotros, nuestra vida también es un terreno especial con unas condiciones determinadas, un lugar que puede favorecer el crecimiento de la vida de los que me rodean, que puedan llegar a ser ellos mismos o al contrario, imposibilitarlo. Por otro lado, la planta no crece sólo a base de podas. Es verdad que el sufrimiento ayuda a crecer pero no sólo se crece a base de esto. A veces reflejamos sólo lo negativo del otro y es bueno hacérselo ver pero si sólo se le refleja lo negativo, no estamos dándole una visión ajustada a su realidad y algo que hacemos con toda la buena intención, resulta que conseguimos el efecto contrario pues no le ayudamos a crecer, a desplegar todas sus potencialidades. La buena noticia es que si tenemos capacidad para reflejar lo negativo es porque tenemos la misma capacidad de observación para reflejar lo positivo. Y reflejando las dos cosas es cuando se produce el milagro. Esto me hace pensar en que ese regalo sorprendente y especial es también delicado y que sólo nos lo ha podido ofrecer alguien que nos quiere mucho.
Dios nos quiere de forma incondicional y gratuita y nos pide que venzamos nuestros miedos, los pongamos de frente y apostemos por la vida. No hay nada que nos libere tanto, nos dé tanta libertad, que poner nuestros miedos de frente y ver de qué se trata. Los fantasmas desaparecen, se ponen nombres a las cosas y el volumen se reduce al adecuado, al ajustado a la realidad. Recuerdo cuando me planteé la vida religiosa. No quería ponerlo de frente porque era evidente que me iban a decir que no. Me resistí mucho pero cuando lo hice, sentí una sensación de libertad tremenda. Pasara lo que pasara, tenía que saber de qué se trataba. Muchas veces somos nosotros mismos los que nos ponemos cadenas a nuestra propia vida y es verdad que los demás nos pueden ayudar, pueden favorecer el clima adecuado pero soy yo quien tengo que romper esas cadenas. Y no siempre es fácil.
Una vez que experimentas que el Señor te quiere de esa manera, que te acepta tal como eres, tu vida cambia. Dejas de dar tanta autoridad a lo que los otros piensan de ti y sólo quieres vivir para Él porque ha entrado en tu vida y la ha transformado. Para mí ha sido muy importante el sentirme acogida incondicional y gratuitamente por el Señor, tal y como era, sin condiciones. No tenía que ser de una manera especial y eso era un regalo y así aprendí a amar y servir, a intentar querer y acoger sin condiciones, porque sí, como yo me sentía amada y perdonada por Él.
Os deseo lo mejor en estos días, que descubramos el valor de nuestra vida, que lleguemos a sabernos y sentirnos criaturas de Dios y ver al otro como a un hermano, tan criatura de Dios como yo, ni mejor ni peor, tan único, especial e irrepetible como yo. Quien sabe, quizás seamos regalo para los demás. No tengamos miedo aunque nos encontremos con la muerte en el camino, no tengamos miedo de dar la vida por amor, de dar nuestra propia vida para que otros tengan vida. Cada día el Señor nos regala un nuevo amanecer, pone nuestra vida y la de los demás en nuestras manos y nos invita a cuidar, alimentar y hacer crecer la vida, a resucitar, a amarnos unos a otros como Él nos ama. Que el Espíritu nos guíe en esta misión.